Cabruta y Caicara del Orinoco puertos y puertas de nuevas tierras

Si en Venezuela se hubiese pensado en una Basilea, en una capital ombligo del centro de su territorio como eje de la ruleta para su desarrollo, las coordenadas las hubiera fijado muy cerca de donde están las poblaciones de Cabruta y Caicara del Orinoco. Ambas en las orillas de la mágica Guayana.

Cabruta se consideraba la “puerta del Sur” desde mucho antes de saberse “flower” en la faja bituminosa del Orinoco. Caicara del Orinoco sin proponérselo —sin casi intuir el porvenir que le han traído el MOP y el tiempo— está situada en la otra orilla del río dispuesta a ser la capital de un mundo nuevo. Como quien juega terminales en eso de ser polo de desarrollo sin mucho entusiasmo dentro de la mecánica de futuro.

Cabruta está a orillas del Orinoco y pertenece al estado Guárico. Caicara del Orinoco en Guayana, es decir, en el estado Bolívar. No están frente a frente.

Pero están unidas por el cordón umbilical de los ferris y las falcas. Caicara del Orinoco está más al este, como a diez o doce kilómetros. Y entre ambas poblaciones, el mítico río —casi mar dulce—, deslizando leyendas, sugiriendo viajes.

Desde Caicara hay una carretera a Ciudad Bolívar. Ahora están pavimentando el trayecto hasta Maripa. Aun estando en buenas condiciones, los transportistas ahorran tiempo y dinero llegándose a Cabruta y pasando el ferri hasta Caicara. Esto y el permanente embarque de mercancías para Puerto Ayacucho y otras poblaciones del Territorio Federal Amazonas, hacen que a Cabruta la denominen “puerta del Sur”.

El segundo umbral es Caicara. Y desde Caicara del Orinoco se están construyendo —con un mismo troncal— tres carreteras. Una hacia San Juan de Manapiare y con ella un paso hacia las fértiles tierras del Alto Ventuari; otra —ya trocha, en espera de puentes y drenaje— hasta los campos mineros de Guaniamo, y una tercera acercará a Puerto Ayacucho al Centro —por La Urbana—, que convertirán en realidad de paseo un mundo utópico.

¿Ha pensado la gente de estos lugares la trascendencia de esas vías de comunicación? Se ponen al alcance del hombre de los grandes frutos. Sabanas y vegas vírgenes para ser vencidas por colonos.

Minerales, recursos renovables —para ser planificada su explotación—, agua en abundancia, mejores tierras, en extensiones envidiables para fundar —lo que parece un sueño— pueblos y ciudades. La promisión hecha arado. Y Caicara del Orinoco término y destino de esos caminos, como en una rifa, capital de un futuro que la hará aparecer en letras mayúsculas entre las grandes poblaciones de los nuevos mapas.

Pero mientras llegan esos días y esas dimensiones de nuevo mundo, vamos con nuestra realidad de hoy. La que viven Cabruta y Caicara del Orinoco, poblaciones que si con algo sueñan es con amanecer mañana.

 

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Cabruta. Fotografía tomada de la página web: http://notipascua.com/

 

Soledades de barro

La carretera que lleva al viajero a Cabruta nace en Chaguaramas. Tiene 210 kilómetros y cobran 25 bolívares el pasaje en carritos por puesto. En todo el viaje sólo observará dos grandes pueblos: Las Mercedes y Santa Rita. Y unas soledades amontonadas que solo pueden soportar el sol y el barro.

Esta carretera tiene un tráfico importante y está en buenas condiciones en la mayor parte del recorrido. Por las velocidades alcanzadas también deben preverse los accidentes. Ante un volcamiento o un choque, ante la emergencia de heridos, habría que esperarse la ambulancia de Valle de la Pascua. (Puede calcularse en más de 300 kilómetros la ida y regreso). Aparte de que ignoro como podría avisárseles, ¿no sería más previsor contar con un vehículo de emergencia en Cabruta?

El camino entre Chaguaramas y Cabruta le permite observar al viajero la aridez de Guárico. Lagunas secas, bosques empolvados y barro rojo gritando su sed. La falta de potreros, de siembra de pastos, da la sensación de que el ganado vive abandonado y uno se admira de ver algunas reses ingeniándoselas para seguir rumiando.

Hay zonas arenosas que parecen playas. Como arenas escapadas de un desierto. Y la poca hierba que ha crecido a orillas de la carretera se ha contemplado demasiado en el espejo del sol y ahora parece trigo para la siega.

Al llegar a Cabruta se está en el Orinoco. Se ve ganado abrevándose en el río y se siente como un alivio. Es como tener sed y contar con un vaso de agua al alcance de la mano. En un clima así uno se solidariza hasta con los animales. Con una temperatura como la de este verano hasta las voces —al hablar cerca— son unos pocos ventiladores.

 

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El Orinoco desde Cabruta. Fotografía tomada de la página web: http://www.viewphotos.org/venezuela/images-of-Morichito-17393.html

 

Cabruta

Cabruta ya existía a principios del siglo XVI. Su denominación es una corrupción del nombre de un cacique cabre. A Cabruta vino a dar el barinés Miguel de Ochagavía cuando navegó el Apure. Por estos mismos lugares estuvo el jesuita José Gumilla. Cabruta tiene historia, pero pocos atractivos como pueblo. Su importancia se la debe al puerto. Y en éste tampoco hay nada que admirar. Ni muelles tiene. Una vieja bomba de gasolina y una ladera de barro que el río cubre y descubre según sus aguas.

El encanto del lugar lo brindan el Orinoco y las embarcaciones ancladas. Barcos y aguas que saben a aventura. Toldillas que esconden chinchorros y nombres de pueblos que son escalas en la memoria y en el río, como ensoñación, como viejos días con sabor a otras historias, a otros personajes, a otras vestimentas. El Orinoco tiene espíritu. Contemplándolo se navega por los libros.

Cabruta tiene alrededor de 2.000 almas y cerca de 7.000 habitantes en el municipio. Viven de la ganadería, la agricultura y la pesca. Bueno, malviven. Conversé con una serie de personas y al discutir por una serie de respuestas llego a la conclusión de que preguntar es lo más parecido a poner un prisma frente a la luz del sol, con la diferencia de que en lugar de colores —aunque estos también salen, circunstancialmente— por cada arista brotan y se suceden las denuncias. Problemas como círculos concéntricos, quejas como círculos viciosos del subdesarrollo en que nos desenvolvemos y que algunos pretenden ignorar. Y creo que exponer algunos de ellos en la conciencia del lector —como siempre— es comenzar ya a solucionarlos.

Cabruta —como Caicara del Orinoco— tiene un grave problema con la falta de cloacas. Al no tener desagües hacia una zona donde las aguas negras no sean peligrosas y tratándose, además, de terrenos anegadizos, aquél problema se asocia al de las aguas de la lluvia o del río que se estancan. No hay ni declives. Y así abundan las enfermedades parasitarias.

Otros males de Cabruta son las enfermedades respiratorias y algunos casos de lepra.

Cabruta es un poco el trampolín que las gentes sin trabajo, sin profesión, con deuda, quizá que han tomado un palo a destiempo, utilizan para ir a minas. Es la lotería que se juega a orillas del Orinoco. Buscar tesoros y llenar los bolsillos en unos momentos. Claro, muchos nunca regresan. Tras ellos deambulan las prostitutas. Una población móvil que va y vuelve, que fomenta botiquines.

En Cabruta hay dos clases de gentes: los codiciosos y los humildes. Una población de Pedros Páramos que se debate, ciertamente, en la miseria.

Cabruta tiene una inflación propia. Hace más de diez años que un cafecito o un refresco cuestan un real. Y así ocurre con las demás cosas. Cada comerciante legisla para sí. Hay comerciantes acaparadores de pescado —muchas cavas salen para Los Andes—, otros que se enriquecen dando créditos a precios abusivos a los campesinos…

—El campesino aquí siempre ha sido esclavo y todavía lo sigue siendo. Él recibe un crédito en comestibles y ropa, a precios triplicados, en las fechas en que permanece inactivo. Es decir, en el verano. Y compromete ya su trabajo y sus recursos para el invierno en que siembra y puede cosechar una cantidad de algodón para pagar sus créditos. Paga sus créditos y queda otra vez en la miseria —me dicen. Y agregan:

—Entonces le queda un recurso: irse a la cantina. Tomar cerveza, gastar en la rocola —puro Beethoven mejicano— y escuchar unos cuantos discos. El campesino no estima que la vida le sirve para nada, ni que tiene mayores aspiraciones. En el botiquín peleará si es posible y amanecerá en la cárcel. Disgusto y abandono en la familia y seguir su vida errante y de miseria de siempre…

Si algo le queda al campesino, ahí están los turcos para esquilmarlo. Fiados que se inician con “¿Cuánto me das? ¿Cuánto ofreces?” pero que le sacan el jugo a la miseria.

Cabruta produce algodón.

Y agradezco mucho las declaraciones del doctor Víctor Ludeña Ontaneda, quien cree que a Cabruta le hace falta una remodelación para ser sana, un acueducto mejor y su muelle.

 

Sobre el Orinoco

Los gallos con sus cantos adelantan el amanecer. Aún no son las seis y ya hay una gran cola de camiones en el puerto animando la mañana. Los ferris salen cada dos horas. En realidad los llamados ferris son chalanas que cargan toda clase de vehículos. La cola irá desapareciendo en dos o tres viajes. Entre los vehículos hay enormes gandolas.

La chalana es empujada por un remolcador. Desde Cabruta hasta Caicara del Orinoco demoran cincuenta minutos. De regreso —río arriba— tardan entre hora y cuarto a hora y media.

El río Orinoco desde la altura tiene un color plomizo. Ya navegando, entre las olas, se descubre su auténtico color de barro, de piel de indígena.

La biografia del Orinoco, aparente restaurante de caimanes y pirañas, es su costa. En sus orillas hay soledades del génesis. El Orinoco es la vena de un mundo utópico que teje, con dedos de agua, cultivándola, la más genuina flor humana: la esperanza.

En esta época pueden admirarse en el río grandes playas. Y pienso en lo sugerente que es el Orinoco. Nada tan turístico —para un turismo interno— y tan al alcance de la mano con mayores posibilidades para encontrar la belleza y la emoción. Todo parece estar por inaugurarse.

Las cotúas decoran las piedras y en la arena de las playas, mojándose las patas, un rosario de guanaguanares y gaviotas. Mientras, las golondrinas parecen cortar el aire.

Y estamos en Caicara del Orinoco.

 

 

Caicara del Orinoco
Caicara del Orinoco. Fotografía tomada de la página web: http://venezuelatuya.com/fotos/verfotos.htm?foto=/902/img/1342003550.jpg&titulo=Llegada%20de%20la%20Chalana%20a%20Caicara%20del%20Orinoco

 

 

Caicara del Orinoco

—El pueblo era muy pequeño y se llevaba una vida pobre. Humilde. Pero muy acogedora, con vida propia…— me cuenta doña Inés de Díaz, hablándome con los lentes caídos sobre la nariz, risueña, recordándome el día de las madres cuando en realidad me estaba dando una imagen de cómo era Caicara.

Caicara del Orinoco sorprende por su crecimiento, por su auge, por su movimiento. Don José R. Villanera, concejal, me dijo que el pueblo fue fundado en el año 1777. Que lo hicieron unos clérigos en el cerro conocido como El Fortín. De allí las gentes se fueron acercando al río, pero debido a las crecientes y a las inundaciones —cosa que parece no conocieron en otras épocas— la población se ha ido extendiendo ahora para el sur. Caicara —según el mismo informante— tiene más de 16.000 habitantes y como 40.000 el Distrito Cedeño. Y todo esto sin contar los 20.000 que debe apadrinar Guaniamo.

Caicara de Orinoco tiene un buen aeropuerto. Está situado donde los religiosos que fundaron la ciudad pusieron un hato. En ese aeropuerto hay mucho movimiento de avionetas. También en Guaniamo —en Tiro Loco— están terminando otro excelente aeropuerto. Hasta el momento, los alimentos hasta Guaniamo sólo van por aire.

A mí me gustó la paz de Caicara. La tranquilidad de sus noches, con un silencio que daba lástima cortar con la conversación. Y lo que más envidia uno es ese vivir con las puertas abiertas de las casas.

En Caicara del Orinoco están aguardando —con tanta impaciencia como al invierno— que les acaben de instalar el teléfono. Tienen las líneas pero les faltan los aparatos. Y hasta el momento tienen una colección de promesas. Luego está el problema de las cloacas, similar al que anoté en Cabruta. Y cuando hablan del Centro de Salud es para lamentarse. No hay remedios, no hay ni gasas ni vendas para atender un herido… casi ni médicos. ¡Un desastre! En educación están bien. Hasta una escuela artesanal tienen.

Se me ocurrió preguntarle a una autoridad a qué era debido el crecimiento de Caicara y me encontré con esta perogrullada como respuesta:

—Se debe al gran nacimiento de personas.

No pongo el nombre de esta persona por respeto ante sus paisanos y por respeto a mí mismo. Nada me dijo de comercio, ni de agricultura o ganadería. Ni de minas o mineros. Y Caicara del Orinoco debe su actual auge al Guaniamo, a los diamantes, a las veinte mil personas que tienen que alimentarse a diario para seguir soñando. Tan sólo el Municipio de Caicara percibe alrededor de 15.000 bolívares en concepto de patentes de industria y comercio de las instalaciones en aquellos lugares.

Lo triste está en que en estos lugares aún existe el caciquismo. Gentes que creen que los dineros deben estar en sus manos. Y lo evolutivo como que es para otro año. Eso es un soborno al tiempo. Al nuestro.

Pedro Torres es una de las personas más agradables con las que se pueda tratar en Caicara. Vende cerveza a la orilla del río. En el fondo, es un poco vigía de lo que trae o lleva el Orinoco. Pedro Torres es un hombre sencillo, grueso y habla con la sinceridad de mirar a los ojos. Dice que a su negocio lo llaman “Palito Frijolero”. Hablamos de los campesinos.

—El campesinado ha abandonado la agricultura. Los campos no se trabajan. Han venido a vivir a las orillas de los pueblos en casas bonitas. Y ahí ha venido la decadencia. El campo está completamente abandonado. No se encuentran ni topochos. Se trabaja el algodón porque hay créditos, pero nadie siembra caraotas, frijoles…

Pedro Torres también vende artículos indígenas: flechas, cerbatanas, guapas… se los traen los mismos indios. Son panare. Ellos traen su mercancía y le ponen precio. No se discute. Pedro Torres les paga lo que ellos dicen. Los indios han andado antes por el pueblo valorando lo que les ofrecían.

Seguimos conversando de los campesinos:

—El campesino está frustrado. Los fiscales corrompieron al campesino. Las pérdidas las debe conocer el Banco Agrícola y Pecuario. Aparecieron muchos adeudando cifras que no habían percibido y muchos créditos los percibieron gentes que ni tan siquiera tenían tierras. Al campesino no le quedó otro recurso que abandonar la agricultura. ¿Por qué motivo? Porque tenían que sembrar y entregar obligatoriamente al Banco. Y ellos no debían aquellos números. ¿Qué pasó? Entonces se vino al pueblo, a trabajar a jornal o a hacer otra cosa…

Y añade:

—Lo corrompieron y hoy está desengañado. Cree que si produce el Gobierno le va a quitar lo que tiene. Para aquéllos famosos créditos le comían el cochino, la gallina y el día de la verdad, nada. El campesino está retraído. No se atreve con un fundo. ¿No se lo quitarán?

Si le dicen que Caicara del Orinoco es un emporio pecuario y agrícola, lector, tache lo último.

—Respecto a las lagunas, aquí hay muchos elementos a quienes les han dado permiso para meterle chinchorro de arrastre. Y con el tiempo nosotros vamos a quedarnos sin los criaderos de pescado. La fauna la debemos cuidar todos. De ahí nos sostenemos más de uno.

—Y eso está prohibido por la ley —tercia el señor Ángel Rodríguez Viña—. Aquí la pesca es discriminada. Principalmente en las lagunas. Viven chinchorreándolas, sacándoles la sapoara, el bagrecito… Mejor dicho, todos los pescados que ya están en los criaderos para poner, los sacan. Echan a perder las aguas, y, sin embargo, tienen ciertos permisos. Pero son permisos fantasmas, que no son del Ministerio de Agricultura y Cría…

Y por si no había entendido bien, añade el señor Rodríguez Viña:

—Esos son los vivos. Porque si va don Juan Bimbita con un chinchorro a pescar por ahí, entonces sí lo acuña la ley… ¿por qué?

Con el ingeniero Julio Miliani hablé sobre las carreteras en construcción. La carretera que va hacia La Urbana —con destino a Puerto Ayacucho— la está construyendo el Ejército. La que va para San Juan de Manapiare está en el kilómetro 209. Tendrán trabajo como para dos años más. La de Guaniamo está lista, a falta de detalles.

Mientras el señor Miliani se ocupa de sembrar bosques, de arborizar las orillas de la carretera que va de Caicara del Orinoco hacia Ciudad Bolívar, hay ya ocupación de terrenos en las tierras que van para el Sur. Caicara del Orinoco se está convirtiendo en una encrucijada de caminos, con todo el porvenir enfrente, para desarrollarse. Hay porqué ser optimistas. Caicara del Orinoco será una gran capital en un futuro próximo.

Pero no hay que olvidar el problema principal: debe garantizarse al campesino educación, salud y futuro. Es la lección del proverbio oriental de no dar un pescado, sino enseñar a pescar. Nada se consigue con que ciertos cerebros entiendan El shock del futuro de Alvin Toffler —y se crean preparados para él— si detrás queda toda esa masa de Pedros Páramos — ¡y ojalá muchos lo fueran! — que ni tan siquiera puede interpretar un parvulario. El subdesarrollo es de todos, común. El egoísmo no debe llevarnos a ignorarlo, a no darle soluciones.

Hoy el campo se ha convertido en un problema de números, de aritmética. Como una ciencia. Y nuestro campesino sigue en el Limbo. Tiene al año más tiempo libre que un muchacho en edad escolar, pero sólo cuenta con un recurso del pizarrón del aire. Ni por una emisora —tan siquiera una—, ni por un agente, maestro —apóstoles de nacionalidad—; recibe los conocimientos que den otra perspectivas al poder hacer de sus manos, al mundo que debe existir más allá de signar unos papeles con sus huellas dactilares.

Ya no se trata de ser tercermundista. Ahora se trata de ser o no ser habitante de un mundo con un almanaque que camina en 1975. La cultura, la técnica, la higiene parecen no poder llegar al campesino. ¿Por qué? Hay magníficas oportunidades de tiempo que se pierden, como si la historia no fuera a pedir cuentas.

Yo he contado parte de lo que vi y escuché en este viaje. Las consideraciones también las he reflejado. En el paisaje del Orinoco, de Guayana, diré que colgando de las ramas de un árbol, unos nidos de arrendajo ponen signos de admiración sobre el paisaje.

 

 Juan Manuel Polo, Venezuela insólita. Serie Roja. Entrevistas y Reportajes. Ediciones Centauro. 76. Caracas, Venezuela. 1976.

La gente de Macuro no sabe de qué vive

Hasta el siglo XV en la Península de Paria el tiempo se anotaba por secretos de fruta, con ojos de peces, como estela de futuro. Vivir era ilusión. El tiempo tenía alma. Y sabía a sol. Pero en el año 1498, con el Almirante dictando su diario en campo de singladuras, sus costas tomaron medidas de cartógrafos y de almanaque y sus orillas fueron eco de palabras que eran como matas desconocidas. Oían un idioma que se haría arado.

Y debió ser tan aturdidor aquello, que, para describir el espectáculo como paraíso, Cristóbal Colón ―místico, casi breviario― crismó todo, playas y palmeras, aves y gentes, colores, sombras y ruidos de orilla, como Tierra de Gracia.

Del viaje de Cristóbal Colón hay su testimonio y mucha documentación. Se ampliaba el descubrimiento de Las Indias. La aventura inauguraba nuevas distancias. El vocablo promisión encontraría sinónimo en América. Muchos historiadores iban a hacer carrera. El océano ―como su aire vacío― se llenaba de canciones. Todo fue nuevo. Todo está narrado.

Pero del asombro de los naturales, de su falta de léxico para relatar aquél contacto visual con los “ovnis” de su época, ¿qué existe? Algunos versos y unas estampas que son como balbuceos de palabras en el nido de la imaginación y sencilleces con olor a hierba fresca para relatar la bondad del indio. La historia indiana, sin embargo, aún abrasa las posibilidades. Ahí está, con el mismo telón de fondo de aquél entonces, esa denominación: Macuro. Un nombre de lugar que es un grito, una voz que en sus días debió acuchillar el aire. Una expresión que tiene piel, que daguerrotipa rostros. Macuro significa ―como gaviota inmortal del Golfo Triste― “hombre blanco”.

 

Navegando

La Península de Paria es el dedo que el estado Sucre pone sobre el Atlántico, señalando viejas sendas marinas. La capital moral de esa península, la capital emocional del Continente es Macuro o Puerto Cristóbal Colón. Las huellas dactilares que esa faja de tierra moja en el mar deberían ser en su reverso, carreteras, venas de vidas para sus soledades, para un turismo interno ―necesario, apremiante, de recuperar valores nacionales― que no interrumpieran la turística “ruta del sol” de la Conahotu.

Macuro ―Puerto Cristóbal Colón― merece ser monumento. Monumento nacional y continental. Si valorizáramos la historia, Macuro tiene parecida importancia en el suceso de hace 477 años a la que tuvo La Rábida en 1492. Macuro es brisa de utopía. Fue cuando lo ultramarino pasó de búsqueda de especias a ser papa, tomate, butaca… Que es cuando el nuevo mundo comienza a serlo. Macuro es como el gen de Tierra Firme. Macuro es más América. Macuro también le quitó al mundo de entonces su forma de moneda. El Golfo Triste es un poco el génesis de una era que se inició en 1498, con el tercer viaje de Colón. ¿Y lo recuerda alguien?

Para llegar a Macuro sólo hay dos medios: el aéreo o el marino. (A lo Cristóbal Colón). Por tierra se llega hasta Güiria. Y de Güiria hay que tomar embarcación para poder conocerlo, pues la carretera ―metida en esfuerzos de vecinos― finaliza a pocos kilómetros de la capital del Distrito Valdés, casi en Río Salado, donde las tunas esperan su plato de peltre.

Las montañas del promontorio de Paria viven rizadas en virginidad ―aguardando un Cabré para el terciopelo de sus atardeceres―, tal como las debieron contemplar los navegantes españoles, con un silencio religioso que desde el mar se hace música. Cerros y montañas que en su edad de siglos cobijan báquiros, lapas, osos hormigueros. Un auténtico Nuevo Mundo que no se ha hollado. Que no tiene petróleo.

El viajero sale del puerto pesquero internacional de Güiria ―y lo pongo en minúscula porque así de lamentable es su funcionamiento y los resultados que se obtienen, porque necesitan de mayor interés oficial para fomentarlo, para que existan fuentes permanentes de trabajo en estas riberas― y se entra en mar de colores incansables, bello y emocionante, de ondas que hacen cinerama la contemplación de la costa.

Se suceden los lugares y mis acompañantes ―Jesús Carrillo y Atanasio López― van llenando los lugares con sus nombres: Caurantica, Cauranta, El Rincón ―de vez en cuando el mar se hace lluvia―, Cibiza, Tamarindo, Catalana, Catalanita, Yaguara, Caridad, San Francisco, La Ceiba, Juan Diego… Son nombres dormidos. Como libélulas de playa. Son ensenadas, haciendas, playas, rocas y cocales que se suceden. Lugares donde el sol reposa, donde el hombre ―si hay algún hombre― es un poco aguja de reloj de sol cada vez que se asoma al mar.

Y aparece Puerto de Hierro, con unas instalaciones brillantes, formidables, como bauxita hecha museo, donde se respira la desolación. Unas instalaciones portuarias de primera, despobladas. Recuerdan un poblado desierto de un fin de mundo cinematográfico. Hasta que interrumpe esa impresión un pasear por el muelle, saliendo de lo escondido, de un soldado. Un centinela dialogando con su fusil, casi experto en olores de mar. Un joven que nos divisa, que nos ve, que a sus distancias sentimentales de recluta escribirá: “este que te quiere, Argenis”.

Toda la costa es una ribera para vacaciones de peces. Unas orillas doradas, color gis, color de barro abierto, color de níspero a veces. Y de piedras trises como trampolín de alcatraces. Tierras casi polvo, con sed de cardón. Y de cuando en cuando, cocoteros y manglares. Haciendas con esas palmeras altas que parecen tener plumas para despeinarse. Y de pronto, árboles y matas que no son marinos, que descienden de una ladera y se asoman y bañan en el mar como verdes con sed. Y en seguida playas idílicas, desiertas, sin huellas, con atracción de sirena, como telegrama para náufragos. Playas para Defoe, para Stevenson, para Swift, para Salgari. Playas en la que la luna tiene que parecer una torta de casabe.

Y así es como puedo describir esta geografía que vemos navegando hacia Macuro.

 

 

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Casa de Macuro. Fotografía de Juan Manuel Polo

Macuro

Hay personas que coleccionan conchas de mar y otras que nos conformamos con las emociones y la belleza que el mar da a sus orillas. Macuro tiene mucho de concha marina. Hasta en su descansar. Los ribetes de su ensenada tienen forma de joya marina, de concha abierta. Macuro es nácar que se siente al respirar. Macuro es un pueblo dormido, con algunos niños que alborotan su playa. Macuro casi es siesta, porque en Macuro no hay nada que hacer. Las voces de los niños son anzuelos que enganchan la vida, mientras los mayores hayan atarrayado la resignación.

Entre las bahías de Morrocoy y las de Macuro está el cerro San Isidro. La cantera de San Isidro es de yeso y pertenece a La Venezolana de Cementos. Es la única fuente de trabajo que tiene Macuro. Explotarlo, triturarlo y cargarlo en los barcos que vienen a la punta del muelle, son sus actividades. Todo está mecanizado; hasta el embarque. La Venezolana de Cementos da trabajo ―entre empleados y obreros― a 18 personas. Eso es todo.

― ¿Y la demás gente qué hace?

―La agricultura es muy poca, viven de la pesca.

Macuro está plantando a dos o tres metros sobre el nivel del mar. Así es su arrullo y la hibernación ―si se me permite la palabra, a pesar del clima― que mantiene. Una punta de su ensenada es San Isidro; la otra Acarigua. Al valle lo cobijan unos hermosos cerros que tienen nombre: Azul, Acarigua, El Palmar… También tiene dos ríos y como no ha habido desforestación el agua es abundante. Que es cuando la bendicen.

Y atravesamos Macuro. En su calle principal crece la hierba y hozan los cochinos. La pista de aterrizaje es como una avenida que le ha salido al pueblo. Es una pista que se inicia en el mar y finaliza en la montaña. Cada mes, cada dos meses, se posa una avioneta como gaviota extraviada.

Muchos niños nos miran y nos hablan con sus ojos en su timidez. Un hombre anciano se reseca al sol, sentado en la acera. Otros hombres tienen la misma postura en otros lugares.

Lo que le da personalidad a Macuro es estilo de sus casas. Construcciones antillanas que tienen música en sus colores, en sus maderas. Al ver casas con esta personalidad ―o con la personalidad de la Colonia Tovar― siempre tengo en la memoria al primer gobernador que tuvo la provincia de Barinas. Don Fernando Miyares se llamaba. Creo recordar que era cubano. Un hombre que tenía visión. Entre otras cosas, intentó llevar para Barinas carpinteros y albañiles franceses. Y todo para cambiar el aspecto y las costumbres de construir viviendas en aquella ciudad. Eso fue en el siglo XVIII, pero la idea ―aunque no se realizó― me sigue pareciendo un acierto. Y admirando la belleza en este aspecto de Macuro, el recuerdo se me hace irremediable, con permiso del lector.

Macuro tiene ahora su gran estatua inspirada en Cristóbal Colón. Desde el pasado 12 de octubre. Es la misma del Calvario, de Caracas. La que preocupaba en su Puerta de Caracas a Aníbal Nazoa. No la han fundido. Y señala con los dedos la senda que los macureños tienen que tomar si desean prosperar o vivir. Que al fin de cuentas es a lo que debe aspirarse.

 

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Macuro: Fotografía de Juan Manuel Polo

 

Recuerdos

Herrumbre y ruinas se van adueñando de las obras que Cipriano Castro ordenó en Macuro. Su aduana es galpón para guardar botes. Lo que fue cuartel, lo que fueron oficinas del Banco de Venezuela, lo que fueron formidables muelles, está derruido o ha desaparecido. Y son cosas que dan desaliento. Los cuatro pilotes que quedan a la entrada de la bahía de Acarigua dan grima.

Para saber lo que significó Macuro, como vivió Macuro en este siglo ―hasta el año 1935― se puede hablar con la gente. También pueden mirarse las pinturas que en la casa de Neftali Rodríguez La Cruz ―hoy habilitada como juzgado― fijaron tres prófugos de Cayena. Eso fue entre 1912 y 1920. Es un paseo pictórico por cuatro paredes. Ningún fresco está firmado. Son murales de gentes con buen gusto, con ganas de congraciarse con el general de turno o de ganarse el comer, pero no eran artistas. Quizá sabían quiénes eran Watteau, Delacroix, Courbet ―como quien visita el Louvre―, pero su esfuerzo se limitó a copiar algunas láminas (entre ellas Miranda en la Carraca, de Michelena). Pero cuando tuvieron que crear, fijaron la bahía de Puerto Cristóbal Colón ―Macuro y Acarigua― tal como debía observarse a menudo: repleta de barcos. Es el mejor testimonio. Es el documento de unos hombres que recurrieron al arte de la pintura para compensar su libertad.

Hasta hace poco, Palmirio, Rojas y Rodríguez, comerciantes margariteños, venían a Acarigua a comprar maíz, caraotas, cacao. Lo que el suelo da por estos lugares. Dejaron de hacerlo desde que los productos del campo tomaron otros valores. Hoy las que varan o anclan en esas tranquilas aguas son las lanchas margariteñas que pescan por La Guayana y se reabastecen para proseguir sus labores. Eso es lo que le da un poquito de vida al campesino. Y apenas es nada.

Enfrente de la bahía de Macuro está la Isla de Patos. Desde Güiria hasta la isla hay 22 millas; hasta La Trinidad, una milla menos. Defendiendo los derechos venezolanos de la Isla de Patos existe un buen libro del señor Bonifacio Velázquez. Esta isla fue base militar norteamericana durante la Segunda Guerra Mundial. Hoy ondea el pabellón venezolano. En la isla tan sólo vive su gobernador, con su familia. Un gobernador-Robinson. Un gobernador que sabe el regalo que para el ánimo ofrece el mar.

La Isla de Patos tiene un cocuyito por faro. En la noche se navega teniendo por orientación el faro de Chacachacare.

 

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Herrumbre y ruinas en Macuro. Fotografía de Juan Manuel Polo

Conversaciones

―Este es un pueblo abandonado. Aquí todos han prometido, pero nadie ha cumplido. Eso es lo que le podemos decir.

Y me lo dicen.

Hablar con la gente es importante. En cualquier ser humano hay revelaciones que son chorros de petróleo. Si pueden hacerse unos versos a una flor, con mayores razones deberían rimarse los valores del hombre.

―Mucha política de crédito agrícola, de crédito pesquero, pero aquí cero hit ―me declaran. Y me creo un Rubén Mijares.

Macuro tiene alrededor de 1.600 habitantes. Macuro recibió el año 1736 a unos capuchinos y desde entonces tiene su trazado de pueblo. Hoy tiene como unas 250 casas habitadas y cerca de 80 deshabitadas. Creo que por vivir en ellas no cobrarían nada. Sería repoblarse. Tener gente nueva. Macuro tiene un grupo escolar hasta sexto grado ―desde kínder― pero en cuanto los muchachos salen del último grado tienen que buscar otros horizontes. Y ya no vuelven. La gente emigra por falta de fuentes de trabajo. Es el éxodo ―lamentablemente― de los hombres hábiles.

Y como contraste ―aunque parezca mentira― Macuro tiene dos pistas de baile, las instalaciones de un buen club de la Vencemos y su discoteca. ¿Qué les parece? La vida social los fines de semana es movida. Y hasta la planta de luz eléctrica que los demás días funciona hasta las once ―a no ser que haya algún enfermo grave o algún velorio― deja con vida los bombillos la noche del sábado. Vida es vida. Para el que puede.

Mario Romero Bastardo es el juez de Macuro. Amablemente contesta a todas nuestras preguntas. Para informarme que el pueblo de Macuro es sano me hace la confidencia de que durante todo el año 1974 no hubo ningún proceso judicial. Lo que sigue es parte de nuestro diálogo:

―Estamos esperando la visita del señor gobernador y tenemos un pliego de peticiones que alcanzan las quince necesidades. La construcción de la carretera, una red de cloacas, una ampliación del acueducto, asfaltado de las calles, un ciclo básico común, porque aquí los padres no tienen recursos económicos para mandar a sus hijos a estudiar a Güiria…

Nos imaginamos ya que habrán conseguido solucionar alguno de estos problemas.

―Ahora que está de moda eso del ingreso “per cápita”, señor Romero, ¿Cuánto calcula usted que recibe como ingreso promedio una familia de Macuro?

―A una familia con seis o siete hijos ingresan mensualmente alrededor de 300 bolívares.

― ¿Y cómo viven?

―Eso mismo nos preguntamos todos.

Juan Rohl contaba que el pequeño Larousse, en su artículo sobre Colón, decía que éste en su tercer viaje “alcanzó el continente y recorrió la costa de la América meridional desde el Orinoco hasta Caracas”. ¡Pobrecitos! Quienes hacen a menudo ese recorrido son los que se crían en Macuro.

A Macuro no llega la televisión venezolana. Tienen tres o cuatro aparatos y ven la televisión de Trinidad.

Quienes no saben inglés lo aprenden a juro. No hay teléfono. Existe el telégrafo ―hay quien dice que fue el primero que se instaló en Venezuela―, pero como está tan a menudo averiado lo llaman “telebote”, pues hay veces que los telegramas se mandan por embarcación para ser expedidos por Güiria.

El señor Alirio Montemorro ―larense― es el superintendente de la planta Venezolana de Cementos. Es un hombre muy simpático. Por su cargo es un poco jefe de relaciones públicas y un poco el hado padrino que el pueblo tiene para sus pequeños problemas. El suele conducir uno de los dos vehículos que tiene Macuro.

―Aquí la gente se morirá de vieja, pero no de accidentes de tránsito.

― ¿Cuál es el mayor problema que tiene Macuro?

―Las vías de comunicación ―me dice―. Una carretera o una vía de penetración agrícola sería una base primordial. No solamente de Macuro, sino de todas la poblaciones de la Península de Paria: Uquire, Mejillones, Pargo… Todos esos pueblecitos de por aquí se beneficiarían con una carretera…

Estos pueblos con el mar bravo quedan más aislados. El pasaje hasta Güiria vale diez bolívares. Un viaje expreso entre cien y ciento veinte. Las comunicaciones son en puro bote. Salen de Macuro alrededor de las cuatro de la madrugada para estar en Güiria a las ocho y regresan a las once o doce del mediodía para llegar a Macuro alrededor de las cinco de la tarde.

― ¿Hay mucho contrabando con Trinidad?

―No existe. Hay como un antagonismo con Trinidad. Se compran más cosas en Margarita. Sale más barato.

El municipio Cristóbal Colón lo componen Río Grande y Mundo Nuevo ―y sus bellos valles―, Carenero, Patao, Uquirito, Guirimita, Yacua, Macuro, Cariaquito, Los Chorros, El Palmar, Chaguaramal… De su cacao, copra, aguacate, ocumo y maíz depende toda la economía.

Se pesca mucho cazón y las demás variedades son guasa ―lo venden a tres reales el kilo―, raya, curbinata, pargo, carite y pez sierra. Lo que hay para asombrase ―por el tamaño― son las ostras y los mejillones. También los guacucos. Y cuentan que ningún espectáculo como ver donde se unen las aguas del Atlántico con El Caribe, allá por la boca del Dragón, donde las olas se estrellan sobre Uquire, Don Pedro… ¡qué maravilla!

La mayoría de las gentes que viven por estos lugares hablan inglés y papiamento. También algunos platos son de influencia antillana. La señora Edelmira Rodríguez ―a quien denominan “Miri” ― me dio las recetas de algunos. El médico, señor Francisco Chopité ―un apellido vasco que perdió su “a” final― lo está haciendo muy bien. Vendió su carro en Güiria y se compró el único vehículo útil para estos lugares: una bicicleta. Tiene un bote para la medicatura y está dañado. Lo lógico sería proporcionarle una lancha.

En el pasado siglo ―exactamente en el año 1898― se puso la primera piedra para un gran faro alegórico en Puerto Cristóbal Colón. Y se quedó en aquella piedra. José Rodríguez, 56 años, tiene memoria para informarnos de muchas otras cosas, hasta para decirnos que toda esta zona fue territorio federal en una época.

― ¿Usted recuerda alguna de las promesas que hayan hecho a este lugar?

―Ningún Presidente ha prometido nada; han sido los partidos políticos en campaña. Pero nadie ha hecho nada. El único que hizo algo aquí fue el General Castro…

Las promesas ya se sabe lo que son: dibujos en la arena de la playa. Como Macuro. Que está más cerca de 1498 que del año 2000.

 

Juan Manuel Polo, Venezuela insólita. Serie Roja. Entrevistas y Reportajes. Ediciones Centauro. 76. Caracas, Venezuela. 1976.

El Táchira limita por fuera y por dentro con Colombia

Con puntos y rayas Morse dio con el primer lenguaje para las largas distancias. También con rayas y puntos están dibujados los países en los mapas para hacer de colores la geografía. Con “punto y raya, raya y punto” hizo Aníbal Nazoa una hermosa canción que cose y borda en el aire Soledad Bravo. Con este mismo tema, pero con los signos en rojo, suelen estar teñidos los mensajes que algunas agencias informativas ofrecen de los problemas fronterizos que viven algunas naciones. Como un ese-o-ese gratuito que ―en su época― hizo descansar a Morse con un Fleming de una humanidad más risueña.

Casi desde su nacimiento, Venezuela ha sufrido de fronteras, como otras naciones soportan distintas dolencias. Y en la mayoría de sus épocas con una apatía crónica. Como quien posee un puzzle y no le da importancia al perder algunas piezas. Ahí está su historia.

Hoy el doctor Escovar Salom, ministro de Relaciones Exteriores, dice que “es necesario desarrollar las fronteras y darles la importancia que merecen”. Ahora es que descubrimos que Venezuela jamás ha tenido una política de fronteras. Y esto es algo que denuncian los pobladores de los estados fronterizos. Porque duele.

Nosotros fuimos al Táchira para escribir sobre San Antonio. Sobre su economía. Pero nos encontramos con otras realidades que empalidecieron la primera idea. Un extracto de todo aquello es lo que usted va a leer a continuación:

 

San Antonio

A San Antonio del Táchira es difícil calcularle la edad. Ya cumplió 250 años, pero su aspecto es de ciudad joven. Por sus construcciones se podría dudar hasta que es andina. Tiene clima de sol molido y así es el color de sus paisajes. San Antonio del Táchira es la segunda ciudad del estado y el puerto terrestre más importante del país.

Lo más importante en San Antonio es su comercio, pero, ¡quién lo diría!, dentro de poco tiempo esta importancia la va a cubrir su industria.

En la Cámara de Comercio e Industria de esta población están afiliadas 67 firmas, pero el número de comercios en San Antonio pasa de 300. Venden artículos electrodomésticos, perfumería y enlatados como pan caliente. ¿Qué cifras? Pocos las quieren dar. Como si uno en vez de periodista fuera inspector del impuesto sobre la renta. Los supermercados venden mensualmente alrededor de 200.000 bolívares cada uno y existen cuatro. Los días que ha estado cerrada la frontera estas ventas descienden en un 95%. Un solo almacén de perfumería tiene unas ventas promedio de 60.000 bolívares mensuales. Las ventas que han descendido son las de los artículos de lujo por los aranceles vigentes. Pero los artículos nacionales siguen con gran demanda.

¿Podría darme alguien un estimativo del valor de las transacciones que se hacen quincenalmente? Ni el vicepresidente de la Cámara, señor Francisco J. Morales, se aventura a ello. En una oportunidad en que la frontera estuvo cerrada por algún tiempo, estos comerciantes alarmaron al Táchira con su ruina diciendo que perdían seis millones de bolívares quincenalmente. Esta es la cifra que he podido descubrir. Pero estimo que hoy las cifras son mayores.

En lo que respecta al control de exportaciones e importaciones por la Aduana, el balance es favorable a Venezuela. El bolívar sigue significando 6,65 pesos colombianos.

En San Antonio hay muy pocas fuentes de soda. Y su calor lo paliamos con agua de papelón con sabor a limón.

― ¿Ha habido muchas quiebras en el comercio?

―Ha habido casos esporádicos, muy lamentables ―nos contesta el señor Morales―, pero en general hay un comercio sano. Hay seriedad.

San Antonio del Táchira tiene 20.000 habitantes. Y su mayor problema es el agua. Los pozos que la surtían se han secado. Una aducción desde la quebrada Los Pilares, en Ureña, va a remediar esta situación por algún tiempo. El Municipio de San Antonio cree que la solución es darle agua del Quinimari o del Uribante, pero su realidad es un déficit mensual de cerca de 24.000 Bs.

 

Quinimari
Río Quinimari. Fotografía tomada de la página web: «Quinimari» de Unukalhai – Trabajo propio. Disponible bajo la licencia CC BY-SA 3.0 vía Wikimedia Commons – https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Quinimari.jpg#/media/File:Quinimari.jpg

 

Trabajo e industria

En San Antonio del Táchira también hay desempleo. Y flojera. Porque así es el ausentismo y el abandono en el aprendizaje de oficios que en su industria puede constatar.

Hay desempleo y gentes desplazadas a la espera de trabajo. Pobladores de aldeas que han emigrado a San Antonio en esta búsqueda. Hay obras en la ampliación del aeropuerto y en la carretera a Ureña; se está construyendo un importante centro de salud y van a iniciarse 323 viviendas populares y un ciclo básico. Todos los trabajadores que hoy rumian su miseria podrán quedar absorbidos en estos planes.

Quienes están peor son los jóvenes. No tienen nada cultural a su alcance.

El Municipio de San Antonio no ha determinado aún cuáles van a ser los terrenos de su zona industrial, pero en San Antonio existen ya alrededor de setenta industrias. Y aquí está el auténtico porvenir de la región. Hay fábricas de muebles, de juguetería, de vitrinas, de muebles metálicos, de calzado. Estuve en algunas de ellas. Primeramente en dos que hacen productos ―ollas, portaviandas, cucharones, escudillas, etc. ― de aluminio. Entre las dos emplean 80 obreros. Reciben el aluminio desde Ciudad Guayana y aquí se transforma en utensilios hogareños. Una sola de ellas tiene una producción mensual de 250.000 bolívares. Una fábrica de muebles tallados da trabajo a cien obreros y tiene unas ventas de 200.000 bolívares.

Todas estas empresas deben cumplir con la Ley del Trabajo vigente. Mucha mano de obra cualitativa procede del otro lado de la frontera con su pase de “tarjeta industrial”.

¿Existe algún antagonismo entre San Antonio y Cúcuta? Ninguno. Cúcuta y San Antonio se llevan mejor ―comercialmente― que San Antonio y San Cristóbal. San Antonio ―por su volumen de ventas― tiene precios más competitivos que la capital del estado.

Uno ―con su ingenuidad― creía que San Antonio era tan sólo abogado de los enamorados. ¡Pobre uno y pobre Mercurio! Al dios pagano le llegó en San Antonio del Táchira el otro patrono.

 

 

El problema

De parecida forma que hay hoyas hidrográficas, existen hoyas poblacionales. Entre Venezuela y Colombia esto se remonta a la historia. Entre el Táchira y Colombia a lo precolombino. La cordillera fue siempre el camino para eludir el paludismo. La definición del tachirense la hace muy bien Domingo Alberto Rangel en su libro Los andinos en el poder. Hasta la dedicatoria es aprovechable.

Existe la realidad de esos vasos comunicantes entre ambos países. Las diferentes economías y hasta las realidades políticas y de trato, han hecho el resto. Hoy se calcula que la tercera parte de la población tachirense es colombiana.

Y mayores cifras podrían estimarse en los estados Barinas y Apure, particularmente en las zonas fronterizas con Colombia. ¿Qué está sucediendo? Mirándolo de buena fe, un problema de lesa humanidad que, algunos políticos, tienden a capitalizar. Venezuela no ha sabido controlar estas migraciones, pero parece ser que otras personas sí.

Habría que analizar muchos factores que inquietan a muchas gentes pensantes. Existen muchos temores y recelos. El problema es geopolítico y mucho más complicado de lo que parece. Hay hasta quienes recuerdan el cuento del lobo. Un planificador inteligente puede hacer el bien o el mal. Todo depende de sus propósitos. ¿Quién me podría dar explicaciones, razones y soluciones? Entrevisté a veintitrés personas sobre ello. Entre ellas citaré al doctor Guillermo Humberto Márquez Angulo, al profesor Carlos Delgado Dugarte, al general Clemente Antonio Rengel, al señor Neftalí Carvajal Contreras, jefe de la oficina de Identificación y Extranjería en San Antonio, al cónsul colombiano en San Cristóbal, señor Ramiro Zambrano y al doctor Luis Ardila Plaz, quien el año 1941 era integrante de la Comisión Mixta colombo-venezolana y en 1942 jefe de la misma. He aquí mis conclusiones:

 

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Iglesia de Táchira: Fotografía de Juan Manuel Polo.

Pequeñas verdades

El mayor problema que tiene Venezuela es el tráfico de indocumentados y otro parecido el tráfico de personas con documentos adulterados. La Oficina de Identificación y Extranjería de San Antonio del Táchira tiene necesidad de personal y carece de vehículos.

Esta misma insuficiencia de personal en estas oficinas, impide combatir irregularidades como la de la infinidad de gentes que ingresan a Venezuela con “permiso fronterizo” y no cumplen con su compromiso de regreso.

A la Guardia Nacional también le queda grande este problema de los indocumentados. El Comando Regional N° 1 de las Fuerzas Armadas de Cooperación ―con varios destacamentos― tiene que cubrir de vigilancia una extensión que va desde Boca de la Grita y termina en El Amparo, al sur de Guasdualito. Los puestos más importantes son Guaramitos, Tres Islas, La Popa, La Laja, La Mulata, Ureña, San Antonio, Sabana Potrera, Novillero, Alto Grande, Los Almendros, Puente Alianza, Delicias, El Tabor, Villa Páez, la selva de Cutufí ―en helicóptero―, La Victoria y El Amparo. ¿Kilómetros? Todos.

La Guardia Nacional demasiado hace. Comisiones a campo traviesa, alcabalas móviles, etc. En los caminos verdes dar con el contrabandista que se denomina “maletero” o impedir no sólo el contrabando que viene de Colombia para nuestro país, sino el que también se intenta de Venezuela para el otro lado, impidiendo, dentro del libre comercio, la salida de chatarra, la subsidiada harina, la gasolina, el azúcar… Al individuo que hace del contrabando su profesión le llaman “cascareo”.

La Guardia Nacional tiene una dilatada jurisdicción y exceso de responsabilidades. Sin embargo, crean un auténtico ambiente de confianza y un clima de seguridad.

Cientos de personas hacen a diario su mercado familiar en Cúcuta, pero hay control sobre exportación de plomo y baterías viejas, se impide la salida de papel o cartón, sin manifiesto, ya que antes salía como desperdicio. Aparte del control sobre indocumentados, existen los de drogas y trata de blancas, por señalar los más sobresalientes. La marihuana se decomisa en grandes cantidades. Otro gran problema es el abigeato en la zona sur del estado Táchira y el oeste de Apure. Con ello, el contrabando de ganado y café.

Y relacionado con todo ello el comportamiento ―inesperado, absurdo― de personas que por su jerarquía o cargos, se niegan a colaborar en cualquier inspección y luego salen a la actualidad haciendo declaraciones como “el muro de Berlín” que existe en nuestra frontera, cuando normalmente pasan millares de carros sin ningún incidente. ¿No habrá intereses ajenos intentando perturbar este orden?

Lo curioso es que según informaciones periodísticas que he logrado recopilar esta semana, Venezuela siempre parece tener la culpa de los incidentes. ¿Y eso? Hay hasta incidentes triviales que parecen pretextos para una recíproca animosidad. Víctor Vidal lo analizaba muy claro al escribir sobre la hipersensibilidad de muchas gentes en el “caso Claudia”. Cuando el nuevo embajador de Colombia en Venezuela declara que “las fronteras nos unen, no nos separan” está hablando sobre un destino histórico y sobre un equilibrio necesario entre ambos países.

Venezuela jamás ha tenido una política de fronteras, decíamos en un principio, y lo asegura el doctor Ardila Plaz. Y la política clásica de fronteras es poblar, poblar las fronteras porque la soberanía no es tierra, sino el hombre: el hombre sobre la tierra. En las zonas rurales del Nula uno se encuentra con que los venezolanos tienen mayor facilidad de intercambio con Colombia que con su país y así ocurre que estudian en libros colombianos, tienen maestros colombianos y corre la moneda colombiana. Todo ello va asociado a un grave detrimento de la identidad misma nacional y de la propia noción de soberanía.

Lo importante es que el Gobierno Nacional ponga interés en desarrollar una verdadera política de fronteras a corto plazo, por no decir inmediato. No se puede esperar más tiempo ―me dice don Luis―. No solamente pensando en nuestra frontera de aquí, sino hasta las fronteras con Brasil y Guayana.

Otra invasión es la del éter. Con la radio lo puede comprobar el lector en media Venezuela. Es otra falla de la inexistente política de fronteras, cuando habría que contrarrestar el dominio del aire con programas informativos, en especial para el pequeño campesino, con emisoras oficiales y potentes.

En la zona fronteriza es normal encontrarse con individuos que tienen cédulas de ambas nacionalidades. Como es cierto que en Cúcuta hay cerca de cinco mil vehículos circulando con matrícula venezolana. También hay fuertes casas establecidas en Cúcuta con capital venezolano.

 

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Táchira vista por Juan Manuel Polo

 

La integracion fronteriza

Existe un libro en la colección Documentos de la Corporación de los Andes que estudia la integración fronteriza colombo-venezolana. Define la situación en un sentido amplio y busca solucionar deficiencias económicas, problemas monetarios, de mano de obra, legales. Etc. Merece la pena conocerlo. Como también hay una monografía promoviendo la creación de Fudasuroeste en que se informa bien claro que en los espacios vacíos “donde existió la selva de San Camilo, y donde aún quedan las reservas de Caparo, el hombre, principalmente el colombiano, se ha dirigido de forma desordenada por falta de una política de migración y desarrollo. Si algún problema de saturación rural se está solucionando con estas tierras, en todo caso es el de los campesinos de los Departamentos y Comisarías fronterizas de Colombia…”.

¿Habría más cosas que decir? Pues, sí. Hay que entrarle al problema con sinceridad. Nuestro hombre andino tiene muchas virtudes. Entre ellas el trabajo y la paz. Hay que dedicarle mayor atención al hombre y a su tierra. El optimismo del Consejo Nacional de Fronteras en declaraciones del canciller, señor Escovar Salom, debe llevarse a la práctica de inmediato.

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De rayas parece estar compuesto el destino en las manos de las gentes. De rayas y puntos los iniciales palotes del hombre. Con rayas y puntos se dividen los caminos asfaltados. Por rayas y asteriscos ―la tecnocracia en acción― dividiendo en rompecabezas los mapas, existen los pasaportes. Y los adioses. De rayas y puntos debió ser el tejer inacabable de Penélope aguardando a Ulises…

Juan Manuel Polo, Venezuela insólita. Serie Roja. Entrevistas y Reportajes. Ediciones Centauro. 76. Caracas, Venezuela. 1976.

 

 

En la Mesa de Guanipa están cosechando maní y sinsabores

¿Quién no ha entrado con una bolsita de maní ―alguna vez― a ver un espectáculo? ¿Usted nunca ha masticado manises mientras cabalgaban en una película de vaqueros? ¿Verdad que son sabrosos? Lo que sucede es que entre el sembrarlos y cosecharlos la variedad de sabores es aún mayor. Y esto es lo que hoy deseo contarles. Aunque creo que por su trasfondo más parecería asunto para un novelista como Frederick Forsyth, que está de moda. El autor de El Chacal crea sus obras de la imaginación basándose en un diluido reportaje. En Los perros de la guerra hay un reportaje sensacional. En La Mesa de Guanipa, Forsyth haría una novela excepcional. Con la temática del reportaje de fondo, por supuesto.

La Mesa de Guanipa tiene una extensión de 4,500.000 hectáreas. Apenas si una pequeña parte está aprovechándose. Son campos dorados donde el suelo de hueso hecho arena, se luce con penachos, con hierba rubia, con maracas de espigas que se tiñen de sol. La Mesa de Guanipa tiene un suelo de playa. Por esa playa ―donde el visitante se cree Kodak― navegan más mal que bien los agricultores. Como mar el cielo. Azul, inmenso, sin ecos para las oraciones.

La capital de esa zona es El Tigre. Una ciudad simpática. Una ciudad con una juventud ansiosa, sana, extraordinaria. El Tigre anda por los 70.000 habitantes. Muy poca de su población ha nacido allí. Casi todas las regiones del país, casi todas las nacionalidades, tienen derecho a su casa regional, a pequeños consulados para los recuerdos. El Tigre lo único feo que tiene son los suelos de sus calles.

Por El Tigre, por La Mesa de Guanipa, cabalgando sobre los lomos de su paisaje, van los tubos de la petroleras. Son como gusanos ―enormes―, metálicos, que encabullan los campos color cerveza. Se presiente su borbollonear, su deslizarse, acuoso, grasiento, negro, como moneda de guerra. En San Tomé, en El Tigrito, en El Tigre, hace tiempo que saben que el petróleo no era su solución. Con su automatización los hombres se fijaron más en el campo.

Y en esas tierras se comenzó a cultivar maní. Los taladros pasaron a ser esfuerzo olvidado, los balancines ritmo de succión que se contabilizan inconscientemente y los mechurros faros que sonrojan la noche sabanera.

 

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Autor de la fotografía: fjavgon. Tomada de la página web: https://commons.wikimedia.org
/wiki/File:Mesa_de_Guanipa_1.jpg

 

Cosechando maní

―Hace cosa de quince años se buscó la alternativa de la agricultura ―nos dice el señor Cesidio Cervi―. Y se empezó, en especial, con el maní. La siembra del maní se ha venido extendiendo año tras año, aunque todavía no hemos alcanzado el equilibrio de la producción. Hay demasiados factores negativos.

El señor Cesidio Cervi es presidente de Upragua, unión formada por los pequeños y medianos empresarios agropecuarios de Guanipa.

―Quien comenzó a sembrar maní fue la compañía Jack, que luego adquirió la Savoy―. Al hacer crisis el trabajo en las petroleras, el Gobierno pensó en un programa manisero confiando en obtener los mismos resultados que aquella compañía. Con el primer programa comenzaron veintiún agricultores. Hoy somos mil ciento y pico ―recuerda el señor David Olivares.

Lo importante es informar que los cultivadores del maní no tienen ninguna asistencia técnica y que nunca ha habido una planificación del programa manisero. Que entre ellos se intercambian experiencias, pero aún dudan de fechas de siembra, de saber si están beneficiando las tierras con el abono que entierran o éste, por el contrario, es insuficiente, etc., etc.

―Los agricultores siembran año tras año con la idea de mejorar su producción, pero con el riesgo de las pérdidas y el miedo a seguir acumulándolas― añade el señor Cervi.

Tienen necesidad de maquinaria.

―Otro factor que nos tiene estancados es el agua. Estamos en conocimiento de que La Mesa de Guanipa tiene reservas subterráneas de aguas increíbles, pero no se está usando. Y tampoco hemos logrado la financiación que nos habían prometido en el Banco del Desarrollo para lograr las instalaciones que habíamos programado.

El suelo de La Mesa de Guanipa es arenoso y franco arenoso. De riqueza tiene muy poco. Pero con fertilizantes y agua se puede cosechar todo. Llevan tres años consecutivos en que la sequía ha sido un actor negativo en las cosechas. Pero tienen el agua cerca, como ríos subterráneos por dibujar en la prosperidad de esta zona.

― ¿Qué costo tiene un pozo?

―Los pozos han subido bastante ―contesta el señor Cervi―. Un pozo para regar una extensión de cincuenta hectáreas viene costando ahorita sobre los cien mil bolívares.

Y como lo que nos preocupa es el maní, preguntamos sobre la extensión de tierras que hay sembradas.

―Este año alrededor de 20.000 hectáreas.

― ¿Y qué extensión podrían ustedes haber aprovechado este año?

―Se podrían estar sembrando ahora 50.000 hectáreas ―sigue contestando el señor Cesidio Cervi.

― ¿Y por qué no se ha hecho?

―Muchos agricultores no se han podido expandir debido a que cada año registran pérdidas con las siembras. Estas son derivadas de diversos factores.

― ¿Las pérdidas son originadas por malas cosechas o por el mercadeo?

―Por malas cosechas. Pero los causantes de esas malas cosechas son múltiples. Empezando, todos los años la semilla no llega a tiempo y muchas veces es de mala calidad. La siembra a tiempo es un factor que hemos comprobado de manera matemática: empezamos a sembrar en julio, agosto y hasta después. La siembra del mes de julio ha dado bastante rendimiento; la del mes de agosto ha bajado mucho y de ahí en adelante prácticamente la cosecha ha bajado hasta cero. Eso determina que hay una fecha, una época determinada de siembra que hay que cumplir.

―Esa gente que ha fracasado en estos años ¿sigue sembrando porque tiene confianza en que debe de ir bien?

―Efectivamente, si mucha gente prosigue y es constante, en este cultivo ― “entre los cuales yo me considero uno más” expone el señor Cervi―, es porque estamos convencidos de que esto tiene que triunfar.

― ¿El precio de compra del maní, en estos años, ha oscilado mucho?

―Los precios, en la actualidad, están en 1,75 el kilo de maní. Pero no compensa los aumentos que ha habido. Yo creo que el mínimo debería ser 2 bolívares, para ser rentable, porque aún con una producción adecuada, los aumentos de los costos de los insumos, de la maquinaria y de la mano de obra, han subido en tal proporción que si no se aumenta el precio del maní, no es compensatorio.

El pasado año se vendió el maní a 1,50, pero por Decreto se aumentó un medio por kilo. En navidades ―frente a la nueva cosecha― los agricultores no han recibido aún esa cantidad compensatoria.

―Esa ha sido una de las tantas despreocupaciones de los organismos para atender a la agricultura a tiempo. La agricultura no es como la industria. En la agricultura las cosas hay que hacerlas en sus fechas, y si no, no hacerlas. Porque si se pasa la fecha de siembra, la época de cosecha, la época de abono, de fumigación, el agricultor está perdiendo. La naturaleza no permite ninguna clase de vacilaciones. Tiene sus ciclos establecidos y hay que cumplirlos.

Upragua ―Unión de Productores Agropecuarios de Guanipa― tiene por presidente al señor Cervi. Upragua va a crecer. Tiene grandes planes. La Unión agrupa cerca de ciento veinte ganaderos y agricultores. Este año compraron la semilla a 3 bolívares el kilo y los demás a 4,80. Cada hectárea lleva cien kilos de semilla. No esperan cosechar mucho. En este año se pensaba en haber cosechado en toda la región treinta millones de kilos y posiblemente todo quede en la mitad. Parte de esa pérdida puede achacarse a la tardanza en la siembra, pero ¿y la otra parte?

 

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Fotografía tomada de la página web: http://www.latoro.com/19408-desktop-wallpapers-peanuts.htm

Vamos al grano

El señor David Olivares es uno de los pioneros en esto del cultivo del maní. Conversar con él es conocer la historia de los humildes y los sacrificados en ese esfuerzo de hacer viable el éxito del programa manisero.

―Al principio, a punta de esfuerzo, el desarrollo fue bueno. Pronto se notó la recuperación del comercio, en especial de las bodeguitas. El maní generaba comercio. Cada agricultor empleaba a tres obreros y un guachimán. Muchas gentes volvieron a querer al campo. La gente volvía a confiar en la tierra. La tierra no es efímera, como el petróleo. Convivíamos hombres de todos los sitios, es un esfuerzo homogéneo…

Menudo, inteligente, el señor Olivares habla mostrando la tierra en su mirar, en su voz, en su entusiasmo:

―Cuando pensamos que sin asistencia técnica, sin mayores recursos económicos, podríamos seguir conquistando etapas mejores, nos llegó un momento de estancamiento. Y fue por el cambio en las relaciones gremiales y la política que comenzaba a jugar ahora dentro del desarrollo del programa manisero y por ende en el desarrollo de la zona.

― ¿Cuándo sucedió eso?

―El año 1971. Comenzó a operarse una especie de abuso organizado a cuenta del parcelero por los directivos de los gremios que aparecieron. Hábilmente comenzaron a reemplazar las directivas que funcionaban con un sistema de cooperación mutua, que no se cobraba ni por servicios ni por ayuda técnica. Esos señores se adueñaron de las Asociaciones y comenzaron a ponernos impuestos por los insumos, nos cobraban un porcentaje por ser intermediarios del abono, por ser intermediarios de la semilla, del veneno, por ser intermediarios hasta de la cal. Nosotros quedábamos gravados con el Banco.

Y también añade que anteriormente la recuperación crediticia del Banco Agrícola y Pecuario era del orden del 72%, pero que a partir de ese año la recuperación del Banco se vino al suelo, a un 7%. En ese mismo año les vendieron ―sin otras consultas― la cosecha a 1,25 el kilo. Y no fue esto lo peor, sino que encima:

―Nos aplicaron unas normas de recepción que no son de creer. Por ejemplo, la humedad que admitían era de diez grados como normal; entonces indicaron que debería ser de seis grados y cuando oscilaba en algo más nos penaban con kilos por cada punto. Tantos grados, tantos kilos menos. Luego por granos partidos; nosotros alegábamos que el maní, la matica, no produce granos partidos, sino que era por proceso mecánico que se partían, pero no nos hacían caso y nos metían otra “pechada” por eso. Total que por humedad, por granos partidos, porque añadían que era un grano enfermo, por impurezas, nos bajaron 24 céntimos más. En resumidas cuentas, que el maní se nos convirtió de 1,75 como por obra de gracia en 1,26. ¿Los resultados? Habiendo entregado el mismo maní que entregábamos todos los años, el Banco no cobró más que a un 7%.

Y agrega, serio:

―Nos usaron a los agricultores como especie de instrumento de riqueza y todo aquél que no estaba de acuerdo con esa forma absurda de explotación le acomodaba el calificativo de guerrillero, comunistoide, anarquista, vagabundo… Nos expulsaron a 71. Era un grupo de combate que todavía vive, que ha crecido y se llama “El Comité de Defensa de los Parceleros. Ese grupo no acepta ni cuotas. Solo estamos pendiente del adecentamiento del programa, señalando “señor Banco: aquí le robaron tantos millones, aquí están las pruebas por escrito”: “señor Banco: aquí el empleado está haciendo esto; aquí tiene pruebas fotostáticas del caso”.

― ¿En verdad no piden nada?

―Nada. Al mismo doctor Stredel, presidente del Banco, se lo decimos. No queremos nada. Solamente queremos la denuncia ―esa es nuestra arma― y que él sea el ejecutor de la ley que necesita para sancionar lo que estamos denunciando.

Y también añade que el doctor Stredel ha terminado en la zona con un 80% de la corrupción administrativa. Que prohibió que los gremios maniseros les pongan impuestos o hagan de intermediarios en los créditos, cosa que sucedía con anterioridad. Lo que sí deben de saber es que esas tres Asociaciones importaron la semilla utilizada este año y que… Mejor escuchamos al señor Olivares:

―El precio Sif Guanta fue de 2,75. ¡Cuál sería nuestra sorpresa cuando nos dijeron que la semilla nos iba a costar 4,80 el kilo! ¡Sáquele usted la cuenta! El Banco tiene presupuestado 3,50 bolívares para cada kilo y no estaba en capacidad de pagar 4,80 que pedía la rosca…

Aquí una aclaración para el lector: El Banco Agrícola y Pecuario entrega un crédito de 1.200 bolívares por cada hectárea dedicada al cultivo de maní, divido en estas etapas: partida de preparación de tierras; partida de siembra; que está asociada con los pesticidas y la partida de cosecha. Es un crédito por etapas.

―Al no poder pagar el Banco 1,30 más que se necesitaba en este caso para la semilla, alguien dio con la solución salomónica que ha sido nuestra ruina: se le quitó esa diferencia al fungicida y se hizo el traslado a la partida de la semilla.

Observo al señor Olivares y éste prosigue:

―Como las lluvias estaban llegando, no había tiempo de pelear. Y se aceptó. Pero dijimos: “Esto es espinoso. Si una vez que nazca el maní nosotros no tenemos con qué matar la plaga, la cosecha se va a venir al suelo. Si usted va a cazar un tigre y no lleva escopeta, ¿qué le pasa, mi amigo? Usted va a sembrar y si no tiene veneno para matar la plaga, ¿qué le pasa? Fracasa. Como fracasa el cazador en manos del tigre sin escopeta.

En lugar de haberles quedado 140 bolívares por hectárea para el veneno, los cultivadores se encontraron con diez bolívares y con esto no podía comprar el envase en que venía el fito-sanitario.

― ¿En cuánto cree usted que se perjudicará la producción de maní en este año?

―Tendríamos que someternos a inspecciones de campo. El resultado lo deben de dar los técnicos. Pero me atrevería a aventurar que la cosecha va a estar afectada en un 40%.

En estos días hay unas reuniones técnicas, de alto nivel, de diversos organismos para valorizar este desastre. No ha rendido el cultivo y esta es la realidad. Estas son las pruebas que van a tener en el Banco. Pero ¿y los responsables?

Entre las muchas cosas que me faltan por anotarle al lector está el hecho de que en el pasado año ―mes de noviembre, mes electoral― llegaron a El Tigre 140 tractores de un caballaje entre los 60 y 90 caballos.

―Quienes somos del campo nos conocemos: cargamos la cara manchada por el sol, las manos sucias, rajadas, olorosas a monte. A muchos señores que les dieron los tractores nunca sus caras las habíamos visto por aquí, oliendo a colonia, eran unas personas que una cascabel los saca corriendo al de un rato… Sin embargo, se llevaron las máquinas.

Porque aparte de esos 40 tractores, después llegaron 30 máquinas cosechadoras nuevecitas y 7 “Livingstone” usadas, todo por un total de 4.300.000 bolívares por los tractores y más de 1.500.000 el resto. “El Comité de Defensa de los Parceleros” haciendo una investigación se ha encontrado con que la nación no tiene ningún documento por ningún tractor, por ninguna arrancadora, ni por nada. Nadie le firmó al Banco ni reserva de dominio, ni una letra o giro.

―Llévatela compadre, que después nos hablamos. Vete tranquilo, tú eres de la casa, chico; llévate eso.

Y dicen que esa maquinaria está en “el pozo del olvido”.

 

Colofón

Hay mucha tela marinera que cortar en todo este asunto del maní. Entrevisté a otras personas que nos confiaron otros informes, como así mismo ―aún con todo― me confiaron su optimismo por todo cuanto puede producir esa Mesa de Guanipa, considerada, para un porvenir, como la despensa de Guayana.

Yo me fui a los Yopales, para ver sembrados de maní.

En una finca del señor Luis Felipe Rodulfo laboraban unos muchachos separando los palos del grano. En las treinta hectáreas podría calcularse una cosecha de 30.000 kilos. Quien había cargado el camión me confió que como máximo calculaba 2.500 kilos reales, auténticos, como total.

―Aquí no había maní propiamente.

Aminé un poco hasta otra finca y fui arrancando matas. Estaban secas, sin grano, muertas por el alasmopalpus, gusano que este año se creyó de vacaciones.

Unos niños van pilando en una fila las matas que el tractor saca del suelo. Los niños cobran 40 bolívares por hacer esta labor en una hectárea. La operación que hace el tractor la llaman charrugada. Nicolás Arias, el tractorista, me dice que debería de dar alrededor de 1.500 kilos por hectárea, pero que está cosechando como 200.

¿Qué les parece?

Al anochecer hay un sonar de hojas, un viento que hace bailar las luces. El Tigre tiene abierto su aire acondicionado. Pone su clima de primavera a la sabana.

Mientras tanto, en la Agencia del Banco Agrícola y Pecuario de Pariaguán han puesto un cartel muy bonito que dice ―poco más o menos― “Parcelero, recuerda que si pagas todo el crédito con solamente presentar la planilla de solicitud para un nuevo crédito, te daremos el crédito. Pero recuerda que si no lo pagas todo, no te daremos más crédito”. ¿Qué va a suceder? De momento muchos de ellos, ya que no han podido ganar con el invierno lo que era de esperarse, endeudarse con las bodegas, vender algún apero cuando el verano apriete…

¿Interesará a alguien que tengamos más buhoneros en las grandes ciudades?

Juan Manuel Polo, Venezuela insólita. Serie Roja. Entrevistas y Reportajes. Ediciones Centauro. 76. Caracas, Venezuela. 1976.

Por falta de fuentes de trabajo Trujillo sufre de despoblación

Trujillo y Valera son las dos capitales del estado Trujillo. La primera ―con aires de blasón entre sus sílabas― es la capital natural, política; Valera es la capital comercial. En Trujillo están asentados los tres poderes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial; en Valera, los bancos, los negocios, las sucursales de las grandes empresas nacionales. Son dos capitales unidas por el cordón umbilical de la carretera ―29 kilómetros― que, sin antagonismos, juegan al ping-pong de necesitarse.

Trujillo es conventual y Valera evolucionadora; en Valera han anidado el progreso. Trujillo tiene atmósfera para recital de versos ―ambas ciudades tienen excelentes ateneos― y Valera aires de rockola. El tiempo parece remansado en la ciudad de Trujillo y así son el color de sus casas y sus soledades. Trujillo es una ciudad que duerme temprano. Valera no tiene sabor de historia, inundada de galpones y nuevas construcciones, de anuncios, de letreros comerciales, con negocios abiertos hasta en horas de madrugada, con noctámbulos admirando estrellas.

Un historiador llamó “ciudad portátil” a Trujillo. Ciudad viajera ―como quien lleva un circo― cuenta con siete mudanzas hasta que sus pobladores creyeron dar con Vilcabamba o Shangri-La de la época al establecerse en el Valle de Los Cedros o retiro del Castán. Porque en las tierras de lo que hoy es Trujillo ―dentro de la “provincia de los cuicas”― vivían los mukas y entre estos había muchos ancianos que tenían la edad de los árboles centenarios, pues era costumbre de ellos sembrar un árbol al nacer un hijo, como amigo vegetal. Y muchos árboles de ese bosque ―columnas en la catedral― al ser abatidos tenían derechos a números romanos. Un historiador escribía ―y la razón le asiste hoy día― “el clima es muy bueno, tanto para los españoles como para los naturales”.

Trujillo fue fundada en 1557 y tiene una población estimada de 30.000 habitantes. Valera ―la de la posada de “Los Valera”, caserío en los días del obispo Lasso de La Vega”― anda en poco más de ciento cincuenta años y cuenta con una población que supera las 130.000 personas. Trujillo se encuentra a una altitud próxima a la de Caracas ―entre 800 a 900 metros― y Valera por los 500 metros sobre el nivel del mar. Estos son los aparentes contrastes entre las dos capitales del estado Trujillo. La capital se enorgullece de su núcleo universitario ―que aspiran a transformar en la Universidad de Trujillo― y Valera lucha por un tecnológico.

En Trujillo cuesta 0,25 el pasaje en los carritos por puesto. Y ante mi asombro el taxista me dice:

―Es que aquí los carros nos los venden más barato y la gasolina a menos precio que en ninguna parte.

Por lo menos, hay gentes que batallan su diario con humor.

―Los festivos cobramos a real, pero es con protestas y peleas.

A poco de salir de Trujillo el río Castán es restaurante de zamuros.

Antes de llegar a Valera está el aeropuerto. La panorámica que se divisa luego de la ciudad de Valera es una de las cosas más bellas que pueda imaginarse. Dicen que Bartolo Lugo ―pintor ingenuo― la fija en lienzos. Como un músico-pintor, Alfonzo Rodríguez, se luce con los rincones trujillanos. Contemplar la ciudad de Valera, sobre su terraza, con los dados de los edificios sobre el tapete de la meseta, es impresionante.

A la entrada de Valera un cartel da la bienvenida a la ciudad limpia, de habitantes cultos. Y Valera gusta enseguida. Lo gana a uno. Valera es una encrucijada de caminos y ese es su secreto para seguir creciendo. Valera es una estación de caminos. Puede observarse su ritmo y probar las manamanas rellenas y los ajís betijoqueños. En Valera el aire es de billetes. Valera es andina porque está en Trujillo, pero lo mismo podría lucirse en el centro o en oriente. Es una ciudad al ritmo del progreso.

Valera, sin embargo, tiene un problema: los marginados. Protagonistas de canciones de protesta, los habitantes de los ranchos en sus cerros, tienen este triste porvenir: no existen fuentes de trabajo y el Concejo no cuenta con tierras para ubicarlos. ¿Qué sucederá? ¿Qué puede suceder? Hay algo en los seres humanos que nos identifica con las mariposas que acuden a la luz del bombillo; también a los humildes les atrae la evolución, lo que brilla, pero ¿no equivocamos nuestros destinos? Este es el drama.

 

Éxodo

El gran problema que tiene el estado Trujillo es la falta de fuentes de trabajo. Es un estado eminentemente agrícola. Pero por ser sus terrenos quebrados, las tierras para el cultivo son pocas. Abunda el minifundio y pueden enorgullecerse de sus cosechas de papas y ajos, de café, de caña de azúcar y hasta de cebollas. Pero no hay industrias. Ni remuneración permanente por hacer algo. Y existe un éxodo abrumador. No existen estadísticas, pero por lo que he podido escuchar, puede asegurarse que el estado Trujillo tiene la mayor despoblación nacional.

El algodón fue lo primero que se cosechó en “La provincia de los cuicas”. Y de ahí vinieron los tejidos y telares en su época inicial. Después se vivió del a cacao y tanta debió de ser su calidad y de importantes sus cosechas, que la importancia y el prestigio que adquirió la ciudad de Trujillo fue acicate para que el pirata Gramont se atreviera a saquearla. Tras el cacao vino el café, y más riqueza. Hasta que el deterioro de la agricultura ―producían variedad de otros productos de buena calidad para el consumo y la exportación― llegó con el petróleo. Los campesinos se trasladaron para emplear sus brazos. Y hubo pueblos que casi se morían, no produciendo ni para subsistir.

Y este éxodo prosiguió por años y años.

Los estudios de los jóvenes después, la búsqueda de nuevos horizontes, de algún trabajo bien remunerado, hizo el resto con otras gentes. Se puede hablar de “reencuentros” en aniversarios importantes, de nostalgias, de recuerdos de niñez “cuando el pueblo era mi mundo”. Pero el mal estaba ahí y subsiste, porque las emigraciones quitan granos de arena en el reloj de la vida de las tierras.

Las gentes son felices cuando obtienen los números necesarios en la “libreta del bienestar” de su conciencia para sonreír que viven. (Anótese en es “libreta” nutrición, remedios para la salud, estudios para los muchachos… y entre otras cosas más, placeres). Y el estado Trujillo no brindaba más oportunidades que el contemplar los días. Lo utópico y la seguridad estaban un poco más lejos.

Esa es la verdad.

 

riocastan
Fotografía tomada de la página web: http://html.rincondelvago.com/rio-castan.html

Boconó

Boconó es muy bonito y tiene un clima nocturno de cobija. Boconó tiene la tranquilidad de sus montañas y cuenta con un ateneo de excepción. En sus mercados los precios le dejan asombrado al viajero; mientras en Caracas andan las papas tuteándose con el azúcar en Boconó venden el saco ―50 kilos― en veinte bolívares. Y de todo hay que hablar.

―Problemas tenemos bastantes ―habla el señor Martín Miliani―, pero tratando de jerarquizarlos, el principal son las vías de comunicación. Es lo primordial para el desarrollo integral de un pueblo. La carretera Boconó-Flor de Patria, que nos liga directamente con la zona baja del estado Trujillo, una zona muy rica, nos une también al estado Zulia, siempre se encuentran en unas condiciones que no permiten ninguna seguridad. Si es por la carretera Boconó-Biscucuy-Guanare tenemos que añadir que amerita un arreglo.

En Boconó siempre han soñado con la carretera a la Marqueseña, que los unirá con Los Llanos, por Barinas. Pero seguirán soñando. Ahora la que tienen por segura es la vía Boconó-Tostós-Niquitao-La Mesitas, la cual, prolongándola un poco les haría llegar hasta Pueblo Llano y de ahí enlazar con el estado Mérida.

―En la agricultura sobresale el ajo y el café. También se produce cebolla en cantidad. En las partes altas de Niquitao y Las Mesitas se da la papa. Y en los conucos, en pequeña escala, se produce la caraota, el maíz y la yuca…

En Niquitao se dan peras y manzanas de excelente calidad.

Boconó anda por los 14.000 habitantes y el Distrito es uno de los más poblados del estado. Boconó posee recursos naturales increíbles, pero la única industria que en verdad pueden explotar es la del turismo. Lo dicen todos sus rincones y sus maravillosos pueblos.

Están arreglando en estos días las calles de Boconó. Grandes zanjas para el servicio sanitario, pero estas cloacas están desembocando en los márgenes del río Boconó, que es un río muy hermoso, pero que desgraciadamente no se puede gozar ni disfrutar de él más que con la contemplación. Desembocan frente al pueblo.

A Boconó el Libertador la llamó “Jardín de Venezuela”.

 

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Laguna de los cedros. Fotografía de: SirHenrry. Trabajo propio. Disponible bajo la licencia GFDL vía Wikimedia Commons – https://commons.wikimedia.org/wiki /File:1_laguna_de_los_cedros.jpg# /media/File:1_laguna_de_los_cedros.jpg

 

Turismo

En el estado Trujillo no hay fuentes de trabajo. Pero debe de haber turismo. Y con éste, prosperidad. Sería el turismo de la sencillez, la ruta de lo auténtico. La persona más idónea para hablar de ello es el señor Francisco Ligero.

―Las corrientes más fuertes de turismo están incidiendo sobre La Puerta, La Mesa y Boconó. Que son lo típico, lo característico ―nos dice―. También la ciudad de Trujillo tiene atractivos. Ahora queremos abarcar, dispersar al turista, por todos los pueblos de montaña.

Fuma pipa y habla con gracia el señor Ligero:

―Estamos rodeados de una serie de estados como el Zulia, Lara, Portuguesa y Barinas que son de clima caluroso. Por lógica, sus habitantes requieren de clima frío para sus vacaciones. Nosotros les podemos ofrecer climas fríos y otras cosas más.

El estado Trujillo cuenta con 1.100 camas para hospedaje. Ahora están creando alojamientos en casas de familia en los pueblos que tendrán un costo mínimo. De esta forma piensan tener y promocionar cerca de quinientas unidades de hospedaje en un par de años.

―Trujillo para desarrollar un turismo popular es extraordinario ―dice el señor Ligero―. Un turismo social.

Y de la misma manera que van a crear los alojamientos familiares están instalándose pequeños restaurantes familiares ―mediante créditos de la Corporación de Turismo― para que las mujeres que cocinan bien en esos pueblos puedan brindar un servicio casero y a precios económicos. (Tres bolívares por comensal cobraron en Las Mesitas).

Charlar con el señor Francisco Ligero es hacer un recuento de rutas y valores del estado Trujillo. Es informarse de tradiciones, de cerámica, de historia. Y da pena no tener mayor espacio para destacar en esta oportunidad tantos méritos.

 

Historia

La historia de Trujillo es una historia brillante. En la casa de La Guerra a Muerte, museo y centro de historia, puede uno aprender mucho sobre ella. El doctor Marcos Rubén Carrillo es quien nos amplía:

―Cuando Trujillo estaba en Boconó, sucedió uno de los hechos más importantes ― “porque Trujillo ha tenido una enorme importancia en el derecho internacional”, recalca―: allí se produjo el primer asilo político de la América, porque Juan Rodríguez Suárez, fundador de Mérida, fue condenado a muerte y huyó para asilarse en Trujillo y Diego García de Paredes le dio asilo…

Trujillo fue una ciudad culta y contaba con tres conventos.

―Aquí se levantó una gran juventud que fue, precisamente, la que vino a hacer la Independencia. Allí se educó don Cristóbal Mendoza, que fue el primer presidente que tuvo Venezuela, allí se educó al general Cruz Carrillo, los Briceño…

Hubo una generación de hombres brillantes.

―Aparte del primer asilo político de América, aquí se efectuó uno de los actos más importantes que fueron los tratados que celebró España con América, con los tratados de armisticio y regularización de la guerra, que se firmaron en esta casa. Así mismo, también en esta casa se firmó la proclama de Guerra a Muerte y hubo otro hecho muy importante en derecho internacional: la entrevista del Libertador con el obispo Lasso de Vega… De aquí también salió la correspondencia del Libertador para el general San Martín para unir los ejércitos…

La casa de la Guerra a Muerte tiene una buena pinacoteca, una mejor hemeroteca del estado y una biblioteca que anda cerca de los 25.000 volúmenes. (Entre ellos la biblioteca literaria de don Mario Briceño Iragorry). Entre las cosas por admirarse en el museo hay diversidad de ellas para anotar, aunque a mí me llamó la atención la mascarilla del general Juan Vicente Gómez.

 

Presupuesto

Hoy existe optimismo en todo el país en lo que respecta al porvenir de la agricultura y la ganadería. Trujillo vive de ambas. Parece que va a incrementarse el cultivo de café, pero ¿qué otras perspectivas tiene el estado? Para saberlo entrevistamos al señor Oswaldo de La Corte, secretario general de la Gobernación.

―Tenemos un presupuesto de 230 millones de bolívares para el año nuevo, pero por la nueva Ley de la inversión constitucional en los planes conjuntos del Ejecutivo con los organismos nacionales, ese presupuesto se eleva a casi los 400 millones.

El señor La Corte contesta con claridad a las preguntas que adivina el lector:

―La obra más importante es el acueducto de la zona baja del Distrito de Betijoque. Ese ha sido ―desde siempre― el gran problema del estado Trujillo, porque todas las poblaciones de esa zona subsistían sin agua. Se les estaba suministrando por pozos y camiones cisterna. Ese gran acueducto se iniciará en el mes de febrero y tendrá un costo de 40 a 50 millones de bolívares…

Con esa agua en la zona más rica del Distrito de Betijoque piensan que podrían establecerse industrias, ¿y otros proyectos? El señor La Corte, simpático, responde:

―Los otros proyectos importantes son las vías de penetración agrícola que tienen programadas. Se destinarán cerca de 80 millones a puras vías de penetración.

También tienen la programación de viviendas rurales, de concentrar ―con la idea del presidente de la República de crear la aldea rural― a los campesinos, para que estos puedan contar con los servicios normales de una población.

―Queremos conseguir o establecer un mejor sistema de vida en el campo, para que la gente consiga allí mayor comodidad: una buena casa, una buena vía de penetración a los sembrados, servicios de agua, de cloacas, de electricidad, dispensario, su escuelita…

La ganadería que hay por la zona baja del Distrito Betijoque es buena. Ya lo hemos dicho. Ahora van a iniciar el fomento de la ganadería de altura en Boconó y en Tuñame. También existe el proyecto para iniciar la cría de ovinos en Niquitao. Este estudio fue hecho por Corpoandes y se va a llevar a la práctica en forma conjunta entre esta entidad el IAN y la Gobernación del estado.

Y creo que esto es lo que tenía por contarles hoy.

 

Despedida

Páramos, montañas enormes que anidan nubes y serenidad majestuosa donde reposar el mirar y el ánimo. Caseríos y pueblos laboriosos, sencillos y buenos, donde la pátina del tiempo ha sembrado el musgo de la quietud. Y una rica tradición por cuya ancha memoria andan guerreros y poetas, labriegos y mujeres fuertes. Eso es Trujillo.

 Juan Manuel Polo, Venezuela insólita. Serie Roja. Entrevistas y Reportajes. Ediciones Centauro. 76. Caracas, Venezuela. 1976.

El periodista

Juan Manuel Polo era un hombre justo y honesto, ante cuya presencia resultaba muy incómodo estar, si te habitaba un mal pensamiento. Hablaba con parquedad filosófica y se reía como si estuviera tronando.

Nadie ha conocido y descrito a Venezuela con más hondura y enamoramiento que Juan Manuel Polo, periodista y escritor de origen vasco, quien durante más de treinta años escribió en el diario El Nacional, insertado en esas páginas por la amistad y la sensibilidad de Miguel Otero Silva, Julio Barroeta Lara y Oscar Guaramato.

Comenzó a ser leído con fruición, cuando creó la sección llamada Sorbos de café, pero a partir de 1975, su nombre adquirió connotaciones de espejo nacional, al aparecer los reportajes denominados Ventana hacia adentro.

Esos reportajes llenaron las páginas de El Nacional con caminos que en el mapa eran apenas delgadas líneas, con pueblos que parecían salidos de un libro de primaria, con leyendas y voces que alzaron vuelo y se regaron a sus anchas. Todas las necesidades de aldeas, parroquias, municipios y tribus indígenas, fueron planteadas a través de sus cuartillas. Y Juan Manuel Polo escribía la angustia de los pueblos con alma de emergencia, como si expusiera sus propias necesidades. Asumía el dolor y la alegría de los lugares que visitaba; el drama y la fiesta. Viajaba en autobús, bamboleando el sueño, cabeceando contra la ventanilla.

Juan Manuel Polo era un hombre justo y honesto, ante cuya presencia resultaba muy incómodo estar, si te habitaba un mal pensamiento. Hablaba con parquedad filosófica y se reía como si estuviera tronando.

Escogió a Venezuela como su patria y se convirtió en un venezolano reencauchado, que construyó puentes invisibles entre Caracas y la provincia. El apellido Polo debe haber influido, de alguna manera, en esa existencia dedicada a viajar y a contar lo que sus ojos veían y su corazón retrataba.

Pudo convertirse en uno de los escritores de habla hispana más importantes, porque su talento narrativo consistía en dejar salir las palabras como si estuviera tocando un piano. Pero prefirió gastar sus días y sus años sirviendo de correo a las regiones que deseaban mostrar su verdadero rostro.

El poder es un monstruo que le gusta cabalgar sobre los hombres. El poder es injusto y manipulador por naturaleza. Su esencia es golpear para demostrar su existencia. Los periodistas, en su gran mayoría, han sido siempre adversarios espontáneos y automáticos de todo poder. La población, en cambio, por temor o por comodidad, puso sus hombros para que el poder cabalgara. Fue gomecista cuando Gómez; fue perezjimenista cuando Pérez Jiménez, y adeca y copeyana durante los cuarenta años de puntofijismo. Y ahora quién sabe lo que es, pero las espuelas siguen clavándose en los costados de las muchedumbres.

Quizás por tan ácida circunstancia, el trabajo de los periodistas se diseca en la desmemoria. Hoy casi nadie recuerda las diligencias sentimentales de Juan Manuel Polo. Lo han diluido en brumas quienes se nutrieron con sus textos y lo han echado al olvido quienes tuvieron el privilegio de hablar a través de sus palabras.

Pero eso no le resta nobleza a lo que hizo. Juan Manuel Polo es un regalo espiritual escondido en archivos y hemerotecas. Podemos verlo caminando, con esos largos trancos, que dejaban su cara rezagada a medio metro de distancia. Y aun lo escuchamos repitiendo su credo vital: «Seguiré de viajero hasta que Dios quiera. Con mis bolsillos repletos de sueños, extasiándome ante paisajes anteriores al hombre, haciendo amigos, saludando gentes nuevas…Y, de cuando en cuando, entre hacer y deshacer la maleta, me sentaré a escribir otro libro. Con la misma ilusión de adolescente, cuando terminar un cuento significaba más que un premio de lotería».

Así es la cosa, viejo: espero que hayas renacido y que estés sentado en el pupitre de alguna escuelita, escribiendo lo que te faltaba.

Diario El Mundo, Caracas 20 de enero de 2006. Columna: Perdigonazos. Autor: José Pulido

 

 

Un caminante hacedor de caminos

Con 53 años a cuestas Juan Manuel Polo sigue incansable recorriendo la geografía física y humana del interior del país para desnudar, con una prosa cargada de imágenes, ironía y humor, la realidad de una patria que ha hecho suya desde hace casi treinta años

Con trece años escribiendo para El Nacional y cinco libros publicados con un amplio sentido venezolanista, Juan Manuel Polo revela, a través de su nueva obra Caminando por Venezuela, un país que, a su juicio, nunca termina de conocerse realmente. Y es que esta obra está impregnada del inconfundible sabor y olor a provincia que define todos los trabajos de Polo, y cómo podría ser de otro modo, si se desempeña actualmente como jefe del departamento de Provincia del diario El Nacional; razón por la cual se han tomado un descanso sus conocidos reportajes recorriendo el país en autobús.

Para Polo, quién fue reconocido por el presidente Campins como el hombre que mejor ha descrito a Venezuela después de Humboldt y Codazzi, el compromiso con este país lo ha llevado a descubrirlo como si se tratase de su propia patria. Su pasión ha sido siempre rescatar una provincia olvidada, donde existen muchos pueblos por donde “los viajeros pasan una y otra vez sin sentir alguna curiosidad, como si estuvieran situados tan sólo para adornar orillas de camino. Y es un error. Allá donde vive un ser humano está sucediendo algo…”, algo que debe ser contado, algo que debe ser oído, suele insistir.

Juan Manuel Polo llegó a Venezuela en el año 52 movido por su novia Mariluz, quien salió de su natal Bilbao dos años antes que él. Las cartas mantuvieron su relación hasta que un poder autorizó a Polo a casarse con una prima de su novia: “Yo estaba trabajando aquí mientras él se casaba con mi prima y pasaba la noche de bodas con sus hermanos”. No obstante, este matrimonio logró que, pasados dieciséis días en barco, zarpara al país un hombre con sangre vasca y alma llanera.

Su afición por la escritura se manifestó en la adolescencia: a los dieciséis años publicó su primer libro: Inquietudes y por esa misma fecha, 1944, comenzó a escribir sus primeros artículos de prensa para el diario El Hierro. Más tarde afloraron Poemas blancos, El Circo y Con Sordina; y como miembro voluntario de la milicia de Bilbao se desempeñó como ayudante en la imprenta, donde cultivó su amistad con Luis de Castresan con quien conversaba sobre el escritor Ramón Gómez de la Serna: “Siempre admiré mucho a Ramón aunque nunca lo traté personalmente. Tuve varias cartas con él. Unas cartas en papel amarillo con tinta roja…”. De la Serna moldeó e inspiró a Polo para escribir sus célebres Sorbos de Café.

Estos dichos o greguerías comienzan a ser publicados, como colaboraciones, en la popular página C-1 de El Nacional y cobran tanta fuerza como las caricaturas de Zapata. Paralelamente, se dedicaba a la crítica de cine, dada su experiencia por haber trabajado en tal ramo recién llegado al país, hasta que en 1968 decide dedicarse con fuerza a la literatura, su verdadera pasión. Es entonces cuando comienza a escribir cuentos, que aparecieron en la misma sección bajo el nombre de Relatos, mientras degustaba sus primeros Sorbos de Café.

En 1974 entra de lleno a trabajar en El Nacional para hacerse cargo de una nueva sección: Ventana hacia Adentro, la cual vino a ofrecerle un sueldo fijo para mantener su modesto apartamento en Bella Vista, a su esposa e hija menor. A cargo de esta sección comienzan sus peregrinaciones por el país “como un médico viajero que toma el pulso a los pueblos”y los desnuda mostrando sus bellezas y flaquezas, pero sobre todo rescatando del olvido a quienes habitan tras la sombra de las urbes.

Juan ManuelPolo

Constantemente toma un autobús en el terminal del Nuevo Circo y con su cigarrillo, su guayabera y su pausado caminar, sale a descubrir algún pueblito pues para él esa “es la mejor manera de identificarse con los pensamientos y la mentalidad de las gentes de los lugares”. Cuando consigue algún sitio que le llame la atención pide la parada, se baja allí y sin dar muchas vueltas va al bar más cercano a tomarse unas cervezas con los lugareños, así consigue las más vividas revelaciones, indica su joven colega Argenis Martínez.

“No es hora de denunciar por el sólo hecho de escandalizar, sino de buscar soluciones a esas situaciones que los gobiernos pasan siempre por alto”, por ello considera que la mayor alegría de su trabajo “es cuando se denuncian algunas necesidades y las autoridades procuran remediarlas”. Esta satisfacción que le procura el saber que ha sido útil para una comunidad, lo motiva a no escatimar esfuerzos y movilizarse “por toda la geografía en carritos por puesto, en autobuses, pocas veces en avión, en lanchas, en curiaras y algunas veces, hasta en burro”, con tal de lograr alguna mejora para la vida provinciana.

Tal nivel de compromiso lo hizo merecedor del Premio Nacional de Periodismo, en 1976, y del Premio de Periodismo para la especialidad de información de la Municipalidad de Caracas, en 1977, además de otros premios que reconocen la vocación y dedicación de Polo. Sin embargo, no sólo premios le han dejado sus frecuentes viajes, también ha recibido unos cuantos quebrantos de salud pues reconoce que “no sólo se escribe con la cabeza y con las manos, también se escribe con el cuerpo y uno acaba siendo, por lo menos, vulnerable”; amén de unas piernas hinchadas por las picaduras de los zancudos: “Yo siempre le digo que un día lo va a picar algún bicho venenoso, pero a él no le importa, cuando puede agarra su maletín pequeño, guarda su hamaca blanca, una grabadora, una cámara, su pijama manga larga y se va a recorrer el país ”, asegura su esposa.

Sus más cercanos compañeros de labores con quienes comparte la mayor parte de su tiempo como José Pulido, Oscar Guaramato y Miguel Otero Silva, siempre temen que un día decida quedarse en alguno de esos pueblos que tanto lo han marcado. Al mismo tiempo, Caminando por Venezuela acrecienta los motivos de preocupación, pues en su página 193 señala “… un día de estos, no sé en que pueblo, buscaré las oficinas del telégrafo y mandaré un mensaje al director del periódico redactado en unos términos parecidos a éstos: “No me esperen. No regreso más. Quédense ustedes con su Caracas…”.

No obstante, si decidiese irse definitivamente al interior ya sabrían dónde localizarlo, pues en más de una oportunidad Polo ha reconocido que desearía vivir en Cumaná ya que para él “el golfo de Cariaco es un diván donde descansar la mirada y el ánimo”, colgar los trajes oscuros y apoderarse definitivamente de la guayabera.

Su metro ochenta de estatura y su tradición vasca exigen de Polo ciertas características que bien ha sabido evidenciar a través de un inconfundible deleite por la comida, especialmente los mariscos, e incluso por la cocina; un gusto por la bebida, a pesar de la prohibición médica; y una natural predilección por la música tradicional vasca: “Siempre escribe en su pequeño estudio con música de nuestra tierra, o clásica y a veces graba de la radio alguna emisora que esté poniendo buena música para volverla a oír”, comenta la señora Mariluz.

Si bien es cierto que disfruta la música, lo que verdaderamente lo distingue son los libros: “Mi esposo siempre anda con un libro en la mano, hay libros hasta debajo de la cama y en la mesita de noche siempre tiene tres o cuatro para cambiarlos si se termina uno o se aburre”. Esta afición por la lectura activó el detonante que exteriorizó el talento natural de escribir con sencillez y gracia que posee, al punto de ser considerado, al menos por Pulido, antes que periodista, literato: “Polo es un escritor que nos enseña a ser mejores periodistas”.

Con su grave voz y un marcado acento vasco, que deja colar de cuando en cuando un”joder hombre”, Juan Manuel Polo ha sabido dibujar un país para mostrarlo como una fiel radiografía de la realidad. En esta oportunidad lo logra a través de Caminando por Venezuela, una obra que refiere temas tan encantadores como La bruja de Guaniamo, Mal de ojo, Manicuare, Y Miche, y Miche, y…, La Quebrada, entre otros, que dejan ver una provincia humanizada que sólo algunos han podido saborear.

Gelsomina A. Nuzzo Zenone. 23 de enero de 2005

Paraguaná espera consolidarse como polo de desarrollo

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Iglesia de Puerto Escondido. Fotografía tomada de la página: http://www.tiwy.com/pais/venezuela/peninsula_paraguana/verfoto.phtml?puerto_escondido_iglesia

Un paisaje movible, de médanos, que tiene en sus sombras el segundo himno musical del estado Falcón, es la puerta de la Península de Paraguaná. Unas dunas que son reminiscencia de enorme reloj de arena para unos dromedarios nostálgicos, acostumbrados al olor húmedo de los oasis. Después son dos alfombras de asfalto sobre el istmo. Un hilo de tierra firme en donde burros y chivos ―pobladores de espejismos― buscan verdes comestibles en arenales y sabanas con brillos de salina; un largo oleoducto ―como interminable pajilla succionando― es muro cóncavo con pasadas consignas electorales a lo largo del camino.

En la Península de Paraguaná reside el 40% de la población del estado Falcón. En el distribuidor de tránsito de Los Olivos sabe uno ―y el lector, en este caso― si se ha viajado hasta estos lugares para hacer turismo ―playas bellísimas y nombres tan sugestivos como Adicora, y el Supí― o a descubrir la realidad socio-económica de la región. El trabajo es lo primero y la diversión y descanso después. Como está mandado.

Y tomamos el camino de El Cruce, rumbo a Guaranao, con destino a Punto Fijo. ¿Estaba usted en conocimiento de que el campesino paraguanero no emigra? ¿Que su suelo es sano, que desconocen las alimañas y las serpientes venenosas? ¿que nunca pierde su ilusión de sembrar, que aprovecha cualquier aguacero para intentar hacer lo que ha hecho siempre… sembrar y esperar, como esperanza de que algún día se dará el milagro?

El hombre ha luchado en Punto Fijo. Se nota en sus calles, en sus edificaciones, en sus avisos comerciales. La realidad se comparte como una razón que abruma. ¡Y pensar que hasta hace tres años ―geopolíticamente― Punto Fijo era tan solo un caserío! Hoy, incluyendo Carirubana, tiene alrededor de 80.000 habitantes.

 

Perspectivas de desarrollo

“Cuando trabajes para los demás, hazlo con el mismo celo como si fuese para ti mismo”. Confucio. Esta cita está grabada en una placa en la sala de reuniones de la Cámara de Comercio e Industrias de Paraguaná. Y parece que es divisa para el hacer de quienes llevan la responsabilidad de conseguir que la Península de Paraguaná sea una zona polo de desarrollo.

―La situación que presenta la península es de grandes perspectivas para el desarrollo económico y social― habla el señor José Ramón Viloria―. Estamos llevando adelante la promoción del Plan Paraguaná; en él se amparan diversos proyectos de capital importancia para el desarrollo industrial y económico del país: la zona franca industrial…

Hace trece años se inició esta idea. Costó doce años demostrar que era positiva.

―El gran astillero de Paraguaná… ―prosigue el señor Viloria. El gobierno está interesado en llevar adelante la idea de instalar en el país importantes astilleros: en Guayana, en Puerto La Cruz o Cumaná, Puerto Cabello y este de Paraguaná.

Con fácil verbo, el señor Viloria prosigue:

―El otro gran sector es el petroquímico, y tiene que establecerse un gran complejo petroquímico en Paraguaná para procesar productos que no se producen en los complejos del Tablazo y Morón, en base a que aquí, prácticamente, tenemos el centro mundial de refinación petrolera… Paraguaná tiene el mayor potencial del mundo en refinados y en derivados de utilización petroquímica. Tenemos la materia prima a mano.

También tienen formalizado el proyecto de ampliación de las salinas de las Cumaraguas. Se van a invertir 72 millones de bolívares. Lo confirmó Ensal. Y al lograrse este proceso de industrialización, aparte de generar gran cantidad de empleo en forma continua, la región será el primer potencial salinero de la nación.

Otro sector de vital importancia es el pesquero, del que hablaremos más detalladamente más tarde y el sector metal-mecánico, comprendiéndose en este los astilleros existentes y el gran astillero nacional por instalarse.

Hay otro sector de servicio que es el turismo. Paraguaná tiene un gran potencial para un desarrollo turístico envidiable. Como primer instrumento para fomentarlo son sus puertos y el ferry. No desearía dejar a un lado la atracción de la ciudad de Coro, con su excepcional, bella y cuidada zona colonial, pero la misma península ―para los amantes del tiempo y de la historia― tienen la cultura expuesta en los pueblos de Santa Ana, Moruy, Buena Vista, Pueblo Nuevo y otros.

El ferry de Guaranao une a la península con la isla de Aruba, mientras que el de Muaco ―en La Vela― tiene por destino y salida la de Curazao. Sin embargo, a estos servicios marinos les falta instrumentar un programa de hoteles. Paraguaná necesita de hoteles grandes y de hoteles de balnearios, que reúnan las condiciones más elementales para el turismo interno y el internacional.

También hay interés por promover la pequeña y la mediana industria y la artesanía.

―Paraguaná ofrece así un gran potencial para un desarrollo de grandes proporciones en el orden industrial, en el orden turístico y en el orden económico en general ―parece finalizar el señor Viloria. Pero después añade:

―Al iniciarse las obras de la zona franca industrial ―que ya está decretada― vamos a tener acá una gran explosión en la construcción y una gran demanda de empleo… Esto nos va a llevar también a un gran desarrollo en lo demográfico, en lo social, donde el Gobierno Nacional tendrá que declarar de por sí a Paraguaná polo de desarrollo industrial. Esto conllevará a una gran planificación del desarrollo para evitar el crecimiento anárquico de las ciudades y del que generarán otros problemas sociales, que nos podrían causar grandes dolores de cabeza, tanto a las instituciones como al mismo Gobierno.

Por lo que se ve, en Paraguaná lo tienen todo previsto. Hasta en el orden social.

―Tenemos que trabajar muchísimo para evitar se desarrolle la anarquía, que se desarrolle la delincuencia, que se desarrollen otros vicios sociales, que conlleva todo boom industrial y económico.

Hay pesimistas que denuncian la carencia de programas para un gran desarrollo. Todo lo expuesto es, a grandes rasgos, las perspectivas que tiene la Península de Paraguaná para llegar a ser, dentro de Venezuela, un gran bastión dentro del desarrollo nacional. Frente a la coyuntura que tiene el país hay venezolanos que están interesados en sacar adelante los programas más lógicos de desarrollo dentro de sus posibilidades. Lo de Paraguaná es digno de tomarse en cuenta.

El plan Paraguaná es un gran instrumento para las inversiones. Por su ubicación geográfica en cuanto a Continente, como cabecera de playa en el Caribe, con un suelo y subsuelo ideales para asentar las bases estructurales de ese desarrollo que requiere y reclama el país… Base de dos de las más grandes refinerías petroleras del mundo, con un mar envidiable, Paraguaná vive su expectativa.

 

Zona franca industrial

―Estamos abocados a la preparación de la reglamentación, de la instrumentación legal que necesita el Ejecutivo Nacional para poner a funcionar esta empresa lo antes posible. Hay grandes circunstancias ―muy buenas, ideales― para que la zona franca industrial de Paraguaná sea realidad muy pronto ―me dice un vocero.

Se estima que en la zona entre Los Taques y Punta Cardón existen 5.000 desempleados, entre los que no encuentran trabajo y los sub-ocupados.

Paraguaná necesita de una gran inyección de trabajo y existen las circunstancias para que esa zona franca industrial sea un hecho en poco tiempo, porque dentro de la región Centro-Occidental del país no existe otra gran obra proyectada, decretada, programada como esta.

Fudeco es un boletín informativo dice que “la zona franca industrial y comercial de Falcón es un espacio cerrado y distinto del territorio aduanero nacional, en el cual pueden introducirse toda clase de mercancías para almacenarlas, exhibirlas, empacarlas, desempacarlas, manufacturarlas, envasarlas, montarlas, ensamblarlas, refinarlas, purificarlas, transformarlas y, en general, operar con ellas y manipularlas en alguna forma”.

En Punto Fijo me lo explican así:

―Será un complejo industrial con productos para la exportación, totalmente diferente a la zona franca de Margarita que se conoce. Aquélla opera como un puerto libre, donde se venden productos ya acabados al detal. Nosotros vamos a procesar materias brutas, semi-brutas, elaboradas o semi-elaboradas, para la exportación libre de todo gravamen. Para introducirlos al país, los productos terminados en la zona franca deberán pagar los gravámenes arancelarios o aduaneros correspondientes.

De acuerdo con los materiales nacionales que el industrial incorpore a cada producto gozará de desgravámenes. Ya hay varias solicitudes de instalación. Cuando se conozca la instrumentación para el funcionamiento de la zona franca se sabe que lo informarán por diversos medios de comunicación a la colectividad interesada en esta modalidad económico-industrial.

―Nosotros estamos preparando un instrumento lo suficientemente atractivo como para atraer grandes capitales, tanto nacionales como internacionales.

Existe hasta una tregua de la Federación de Trabajadores del estado Falcón por cinco años, con lo que se asegura una paz laboral lógica, pero falta que el Concejo Municipal local legisle sobre exoneraciones, porque hasta ahora todas las promesas son verbales.

La Comisión Coordinadora tiene la preocupación de preseleccionar las empresas que vayan a instalarse para evitar cualquier contaminación ambiental y la meta de colocar a los venezolanos, de que los recursos humanos sean totalmente criollos.

―Es una esperanza la zona franca industrial para un desarrollo de grandes proporciones. Vamos a decir, para un desarrollo integral de la Península y del estado Falcón, por la diversificación de capital, por la diversificación de mano de obra y de comercio que va a involucrar el proceso de crecimiento de esta empresa.

Análisis

La zona franca de Paraguaná es una empresa positiva. Una novedad, una experiencia nueva, que depende, para su éxito, del apoyo gubernamental. Requiere de inversiones cuantiosas, necesita de estímulos fiscales.

Esta zona supone la supervivencia de las gentes que se han acumulado en esa área de la Península.

Se estima en 300 millones de inversiones iniciales… Y las perspectivas son buenas, excepcionales.

Pero si se piensa que los capitales extranjeros no acudirán mientras no se legislen exoneraciones, desgravámenes, etc. ¿acudirá el capital venezolano cuando se informen que los servicios de teléfono, correos, telégrafos, etcétera. son una calamidad? ¿qué necesitan de más personal la policía, la PTJ, la sanidad? ¿Qué funciona mal la inspectoría de tránsito? Estas son cosas primarias que hay que solucionar ya. Son quejas de las gentes, son problemas que el paraguanero pregona como su más triste realidad.

 

Pesca de arrastre

En ningún puerto pesquero venezolano he visto tantos barcos pesqueros juntos como en el muelle de la bahía de Las Piedras, en Carirubana. Es algo que sorprende y maravilla. Es como intuir dominado el mar.

Y, sin embargo, en este poder esté, quizá, nuestro más lamentable drama.

Somos un país exportador de langostinos ―camarón― y calamares. Hay mucho dinero en medio. Pero ¿y la verdad? La verdad quizá está en el hombre que me dice:

―Mañana, a nuestros hijos, le explicaremos como era un pargo…

Porque cada 470 kilos de pesca que recogen las redes de estos barcos trabajando el arrastre, 400 vuelven al mar y sólo son aprovechados los 70 restantes. Son desechos sanos que se devuelven al mar muertos, porque no tienen su mercado seguro, porque su tamaño o especie no interesa. Se está destruyendo nuestra fauna marina y no se respetan las zonas prohibidas. Lo dice todo el mundo. Lo dice hasta la revista Paraguaná ―de nuestro dilecto amigo Virgilio Arteaga― en un concienzudo estudio de biología pesquera. Se botan al mar, en el Golfo de Venezuela, enormes cantidades de pescado en perjuicio de la salud y de la economía de la nación.

Y hasta se habla de tráfico de influencias cuando algún pesquero es denunciado o apresado por la Guardia Nacional.

¿Cuál es, en verdad, nuestra realidad?

Me quedo con esta confesión de un hombre en la orilla:

―Pan para hoy, hambre para mañana.

Esto es lo cierto y lamentable. Debe reglamentarse eso de la pesca del camarón y hasta crearse los meses de veda en un calendario lógico, de ecología marina.

 

Enfermedades venéreas

Esto es un problema que nada tiene que ver con Paraguaná, pero sí con la realidad de Punto Fijo, con su zona en lo que respecta a la densidad de población.

¿Por qué este tema es un reportaje como este? Por la sencilla razón de que con características de zona portuaria, de población concentrada, y la verdad de informar obliga.

―Tenemos dos puertos por donde llegan, prácticamente, gente de todo el mundo ―nos dice el doctor Marcos T. Wilhelm, médico director de la unidad sanitaria―; eso podría ser un factor, pero existe un programa local, del SAS, programa de venéreas-puerto, donde siete inspectores trabajan en los puertos Amuay y Cardón y donde todo tripulante o marinero para poder bajar a tierra es sometido a examen venereológico…

Y comenta, como contrasentido, ¿si en el puerto hay control, por qué aumentan las enfermedades? Y es claro cuando expone:

―La razón es la misma bonanza económica de la región. Eso hace que gran afluencia de mujeres se dediquen a estas actividades como trabajo.

Se sabe que en el casco de Punto Fijo hay 172 bares con mesoneras. Se calculan que en estos menesteres trabajan entre cuatrocientas a quinientas mujeres. Después hay las zonas de tolerancia donde el número de mujeres asciende a doscientas.

En ayuda del doctor Wilhelm viene el señor González, encargado de este control:

―El problema de las enfermedades venéreas no son las prostitutas ciertamente, sino la población en general. Tan sólo el veintitantos por ciento está en aquél sector como fuente o foco de infección. Y esto no es todo: habría que enfilar las baterías contra la población en general que se está dañando con el 75% restante…

Son palabras exactas y cifras de estadística.

 

Colofón

La única solución positiva para el porvenir de la Península de Paraguaná es estudiar su conversión en polo de desarrollo. Lo merece. Y tienen como hacerlo.

Son 2.700 kilómetros cuadrados de plataforma peninsular, donde la riqueza ha dependido del esfuerzo del ser humano. Como cultivo, la zábila. Y las cosechas de sal. El campesino vive de sus chivitos y de lo que le saca al cardón. Hay una población sedentaria, sin agricultura, con una espera como oración, con ese sabor azucarado-salino que llevan sus frutas…

Mientras en los lugares donde el progreso hace su llamado, con sus llamas, con sus humos, con sus ruidos metálicos, el hombre aguarda trabajo en esa cremallera de sobrevivir.

Aquí están expresados los proyectos que existen para Paraguaná. También los males o problemas. En el balance destaca lo positivo. La verdad.

Juan Manuel Polo, Venezuela insólita. Serie Roja. Entrevistas y Reportajes. Ediciones Centauro. 76. Caracas, Venezuela. 1976.

Ticoporo

Barinas –ex ciudad de Cáceres- alcanza a diario el progreso. Tiene vida, crece y es grata para el viajero. Barinas tiene personalidad de irle bien las cosas. ¿Por el agro? ¿por lo pecuario? ¿por ser capital de un estado maderero? Barinas –gentilicio indígena- conquista con los méritos de no estar estancada.

Ha llovido –está lloviendo por estos días- y todo el estado es un himno de vida. Hay verdes inacabables en sus sabanas y roturaciones en que ya se asoma el algodón, donde la tierra, recién abierta, tiene algo de Dios. Hay campos infinitos de sorgo, aire sonriente de millo con el ruido de sus hojas. Y voces de pájaros y animales que quieren asemejarse a gallitos de laguna en su alboroto, quizás intuyendo que ha habido algún decreto sobre la fauna para ese júbilo. Ha llovido y los campos lejanos se siembran de arcoíris, que son puente de poeta. Son paisajes para tener canciones.

La lluvia pone olores de herbolario en el campo y fantasmas de agua en los ojos.

Conozco distintos pueblos y ciudades: Obispos, Barinitas, San Silvestre –donde los balancines ponen ritmo de reloj metálico al paisaje y a la miseria- y más tarde visito la hacienda del doctor Arnoldo Ocaña, donde preguntando y escuchando aprendo a querer más el campo.

Las tierras de Barinas son óptimas. La gente lo sabe de siempre. Pero es ahora –cuando se ha hablado en serio sobre nuestro porvenir agropecuario- que los consorcios y quienes gustan del negocio, se han abocado a adquirirlas. Las transacciones son casi diarias. Y se están comprando grandes extensiones en precios  que oscilan entre los 300 a 500 bolívares por hectárea. Y se ha hablado hasta de 800. Hectáreas que hace dos años se hubieran conseguido entre 80 a 100 bolívares. Cosa que, como me advertía un campesino, “¿No significará que el pez grande se va a tragar al más chiquito?”.

Pero no he viajado para escribir sobre esto. En Barinas, estado maderero, los bosques privados se acabaron; los bosques baldíos se están acabando y las zonas de reserva forestal, si no hay decisiones para encarar sus problemas, también desaparecerán. (Dicen que terminaron los “permisos anuales” a los madereros -“bachacos madereros” los denominan los barineses- hasta por 10.000 metros cúbicos de madera). Dicen que la selva de San Camilo tiene, prácticamente, el 60 % de su área destruida. Restan Caparo y Ticoporo… ¿usted conoce el problema de Ticoporo?  Yo he intentado –consultando amigos como los señores Orlando Peña, Luis I. Nuñez, Argenis Gutiérrez, al colega César Alvarez y otros- conocerlo para analizarlo públicamente.

Antecedentes

Ticoporo –nombre de tribu desaparecida- aún aparece en los mapas con su denominación de selva.  El año 1955 fue decretada zona de reserva forestal con un área de 212.730 hectáreas. Con anterioridad a esa fecha de resolución  -y hasta el presente- la reserva fue y ha sido invadida por campesinos que descubrieron  la riqueza y virginidad de sus suelos.  ¿Cuánto se ha perdido innecesariamente, en el tiempo transcurrido? Puede calcularse que con hacha  y machete y la quema respectiva, sin control de cortafuegos, se ha venido desforestando un promedio de 2.700 hectáreas  por año, lo que viene dando un total de 510.000 metros cúbicos de madera que se han destruido hasta la fecha.

La reserva forestal de Ticoporo quedaba en la carretera de tierra que unía Barinas a Santa Bárbara. Hoy queda a la izquierda de la carretera Barinas-San Cristóbal, a la altura de Socopó, a 627 kilómetros de Caracas. Su ubicación política inicial era la siguiente: macizo boscoso comprendido entre el camino que unía a las poblaciones de Santa Bárbara y Pedraza, por el norte; el río Supirá por el sur ; el fundo conocido como Paiba por el oeste, y limitando al este con el caño Barro Amarillo y el río Anaro. Toda ella dentro del Distrito Pedraza. Hoy –y por lo que veremos más adelante- existen dentro de esas medidas los municipios  Ticoporo y Chameta, cuyas capitales son Socopó y Chameta. Pero los caseríos que comprenden, además, parte de lo que se creó como reserva forestal, son Caño de Oso, Merecure, Bum-búm, Boca de Bum-búm, El Destierro, Laquiñil, Batatuy, Mirí-Macagual, La Esmeralda y Quiú. ¿Cuántos habitantes? ¿qué hacen y producen? ¿cuáles fueron sus luchas y trabajos y cuáles son sus problemas?

Quien sabe mucho de todo esto es el ingeniero agrónomo Orlando Peña, quien, medio en broma, medio en serio, me dijo: “De ellos era hasta donde llegara el grito”. Y se refería a los límite que cada colono fue poniendo a sus parcelas.

Y expone: “Esta inmenso bosque representaba un atractivo para familias campesinas de escasos recursos, que no tenían tierras. Fue desarrollada la zona espontáneamente. Todos eran gentes andinas y la fácil penetración del bosque era la de exploraciones hechas por compañías petroleras en años anteriores, que habían dejado allí vías de penetración:  Capitanejo-Campo Creole, con 16 kilómetros, y la vía conocida como Kim-Mill que parte del poblado de Socopó y penetra la reserva en casi veinte kilómetros; servían a manera de troncal, pues de ellas partían  numerosas picas o “cruceros” conformando así la clásica cuadrícula planimétrica  de esas exploraciones…”. Y por esos caminos –rutas de sueños-, con alegría de descubridores de un paraíso, a brazo partido, las gentes humildes comenzaron a regar maíz.

Para controlar esta inmigración, el Gobierno desafectó de la reserva una superficie de 40.000 hectáreas por el año de 1959 –desde Santa Bárbara hasta el río Quiú- y lograr asentar aquellas familias. Y nada. Todo resultó inútil. La invasión de colonos siguió. La zona de Ticoporo –sus suelos- es la transición  entre el piedemonte  y el llano; está surcada por numerosos ríos y quebradas con agua permanente y por si esto fuera poco, dicen que el agua  de su subsuelo es superior al volumen  que discurre por su superficie. El Ministerio de Agricultura y Cría tuvo esta realidad para 1970: “más de 43.000 hectáreas de la reserva forestal habían sido convertidas en potreros  o eran utilizadas en la siembra de maíz, yuca, plátano, arroz, ñame y caraotas”. Hubo que desafectar entonces una zona, en una longitud de 45 kilómetros, que va desde el río Quiú o Mene hasta el caño Barro Amarillo, con una anchura de cinco o seis kilómetros, para asentar a toda aquella gente.

Fotografía: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Starr_030807-0054_Dioscorea_bulbifera.jpg#/media/File:Starr_030807-0054_Dioscorea_bulbifera.jpg
Fotografía: Planta de Ñame: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Starr_030807-0054_Dioscorea_bulbifera.jpg#/media/File:Starr_030807-0054_Dioscorea_bulbifera.jpg

 

¿Lo consiguieron?

-Ese lote -habla el dirigente campesino Argenis Gutiérrez – fue entregado al Instituto Agrario Nacional con el fin de que el Instituto saneara el resto de la zona  de reserva donde existían campesinos y al reubicarlos desarrollar allí un plan de reforma agraria integral. Lamentablemente, esas 43.000 hectáreas estaban ya, en su totalidad, ocupadas.

Y siguen ocupadas. En un principio por campesinos y medianos productores con fincas de un tamaño promedio entre 30 a 90 hectáreas. Fincas hechas a esfuerzo y sacrificio. Pero también es cierto que en esa misma zona hay fincas más importantes de gentes influyentes.

¿Cómo sucedió todo? ¡Vaya usted a saberlo! Vino el comercio de las fincas y parcelas con el incentivo de ir pagando bienhechurías. La penetración de la reserva se acentuó al construirse la carretera Barinas-San Cristóbal. Todo era así de sencillo: se buscaban suelos buenos para el cultivo y la ganadería y el incentivo de trabajar, cosechar y después vender las bienhechurías –que venían siendo un ranchito y unas parcelas con pasto- para quienes querían medrar.  ¿Lo consiguieron? ¡Ya lo creo! Y se sigue haciendo hoy, con mano de obra barata: jornaleros colombianos.

-Ticoporo ha creado problemas de índole social porque hay bastante desigualdad –dice Orlando Peña- y muchos braceros que trabajan para los colonos más pudientes. Hay dueños de fincas que no viven en la zona y hay invasión de indocumentados. Otro problema es que esa invasión desordenada e incontrolada crea problemas, tanto en la destrucción de los recursos, del medio ecológico, como problemas sociales, poblacionales, sanitarios… Tanto es así que Ticoporo es una zona endémica, palúdica.

«Río Socopó» de MusicologoVzla - Trabajo propio. Disponible bajo la licencia CC BY-SA 4.0 vía Wikimedia Commons - https://commons.wikimedia.org/wiki/File:R%C3%ADo_Socop%C3%B3.JPG#/media/File:R%C3%ADo_Socop%C3%B3.JPG
Fotografía: Río Socopó, de MusicologoVzla – Trabajo propio. Disponible bajo la licencia CC BY-SA 4.0 vía Wikimedia Commons – https://commons.wikimedia.org/wiki/File:R%C3%ADo_Socop%C3%B3.JPG#/media/File:R%C3%ADo_Socop%C3%B3.JPG

Explotación forestal

Si a la cifra inicial de 212.730 hectáreas de reserva forestal –y si los números no mienten- le restamos las 43.000 hectáreas desafectadas en 1971, nos viene resultando que la actual reserva forestal de Ticoporo tiene una extensión real de 179.730 hectáreas. ¿Cierto? Pues no tan cierto. Está superficie quedó bajo el control del Ministerio de Agricultura y Cría y fue dividida en tres unidades de manejo para una explotación racional del bosque. Pero dentro de esa zona forestal, de esa zona de reserva, viven y trabajan aún 555 familias y se supone que unas 18.000 hectáreas más están desforestadas. Y este es uno de los problemas de Ticoporo.

Porque hay habitantes del área desafectada y ocupantes en la zona de reserva. 555 familias viven dentro de ella y puede calcularse que es superior a 3.000 el número de habitantes y debe pensarse que alrededor de 1.500 niños no reciben ninguna educación. Los problemas de salud que ahí se contemplan son paludismo, parasitosis y enfermedades por contaminación del agua. El contacto con las autoridades sanitarias es casi imposible por el temor a represalias y debido a ser muchos –en un alto porcentaje- indocumentados. ¿Y qué tal si añadimos que se sabe que en la zona de reserva hay fincas que están atendidas por encargados o “cuidones”? Lo dice un informa de Corpoandes.

Las tres unidades o divisiones de la zona de reserva del MAC –no voy a cansar al lector con nuevos límites geográficos- han tenido este destino: Unidad II, con un volumen comercial de 959.300 metros cúbicos de madera, entregada, bajo contrato a 40 años, a la compañía Contaca, Contraenchapados Táchira, C.A., con sede en San Cristóbal. La Unidad III, con un volumen calculado de 829.700 metros cúbicos de madera comercial, cedida para su manejo a la empresa mixta Emallca, integrada por la Corporación Venezolana de Los Andes, la Universidad de Los Andes y el Aserradero Los Tres Robles. Y la Unidad I, ubicada en la parte central de la reserva, con un área de 42.500 hectáreas, a las que se calculan 442.000 metros cúbicos de madera, cedida al IAN para aprovechar la asociación de este instituto con una empresa campesina –de la que después hablaremos- para su explotación racional… cosa que hasta el presente no ha ocurrido.

La reserva forestal de Ticoporo tiene un volumen comercial total –aún- de 2.355.600 metros de maderas finas, blancas y duras, lo que representa una producción anual de 77.431 metros cúbicos. Abundan el mijao y el saqui-saque, aunque también hay cedro, caoba, pardillo, apamate, guayabón, gateado y charo, entre otras.

Esto es renovación forestal: corte y siembra de árboles. La supervivencia del bosque con un manejo silvicultural integral, asegurando la producción permanente de la madera indispensable para la industria nacional.

Preguntamos a un ingeniero forestal:

¿De qué medidas, de qué diámetro han conseguido árboles de la reserva?

-Excepcionales, hasta dos metros el mijao y de metro y medio el saqui-saque.

¿Qué precio tiene hoy en día la madera?

-¿Aserrada o en rolas?

En rolas; sin transporte. Puesta aquí.

-En Rolas, el saqui-saque a 220 bolívares y el mijao a 150.

El lector –si está interesado- debe de echar sus cuentas y el Gobierno estudiar sus impuestos que permanecen inalterables por períodos de cinco años.

Socopó

A todas estas estamos llegando a Socopó, población con diez o doce años que ya cuenta con más de 5.000 habitantes. Abundan las casas de bloque o concreto y está delineada como para seguir creciendo. A Socopó le faltan asfaltado de sus calles, cloacas, canalización del río –que por cierto es transparente y frío como vaso de agua en el páramo- y escuela de secundaria.

En Socopó aún están construyendo la iglesia y la plaza principal tiene ya pedestal, pero con las prisas y los gastos que tiene el estar creciendo, están a falta del busto del Libertador.

Aquí la conversación de las gentes son “las tierras del pleito”, la de las gentes que trabajan y viven más allá de la línea roja que indica la zona de reserva forestal.

-Están en el espere –dice Emilio Pérez, tachirense, pelo blanco y hablar cantado, a quien llaman Pablo-; mientras no se metan a tumbar un palito, todo está arreglado y tranquilo. Tienen permiso para arreglar casa, permiso para rozar restrojera, permiso para quemarla, para arreglar cercas, para cercar los montes de potrero y si le meten ganado ahí… pues habrá un arreglo más tarde.

¿Y usted cuál cree que podría ser ese arreglo?

-O los dejan desde las seis para arriba –el número es de la pica- o los sacan; ellos están conformes. Ellos no dicen que no salen… Y si los dejan, más conformes todavía.

Cuentan que la cosecha este año de maíz es excepcional.

Los van a dejar ahí por un tiempo –no dice un técnico del agro- hasta que den con una solución al problema. Ahora existe un convenio, pero no durará mucho tiempo, pues el MAC no puede controlar si se amplían o no las cercas. El comercio de Socopó está en favor de esas gentes, pues entregan a crédito mercados  y lo que vayan necesitando, hasta que al llegar las cosechas vienen las cuentas… ¡Los explotan!

La solución para muchos es pagarles a esas gentes sus bienhechurías y para reubicarlos. Pero ¿en qué terrenos?

Empresa campesina

En la zona desafectada se creó en el año 1971 una empresa forestal con la denominación Asociación Cooperativa Forestal Campesina de Servicios Múltiples Ticoporo, R.L., con el propósito de aprovechar y explotar –conjuntamente con el IAN- la Unidad I. se fundó con 125 socios, aunque hoy solo cuenta con 95. Para formar parte de ella hubo una autoselección: no tener tierras, tener mayor cuadro familiar, conducta moral adecuada, tiempo de residir en la zona… Y la Cooperativa campesina, va.

Lo que no va, hasta el presente, es la sociedad con el Estado -49-51 %- representada por el IAN ¿Por qué? Durante tres años estos campesinos se han hecho la misma pregunta.

¿Cómo han podido subsistir hasta ahora?

-Por concesiones de madera con el IAN y algunos otros contratos que se han hecho por la zona.

Ellos creen poder conservar y salvar el bosque mejor que nadie. Porque saben vivir dentro de él y para él. Han hecho cursillos con el INCE de viveros, motosierra, carpintería y administración y están capacitados para cumplir en una empresa de esa envergadura.

Esa Cooperativa va a generar empleo. Calculan que necesitarán como 300 trabajadores. Las bases y el sentido de cooperativismo es ya conciencia de esos campesinos y de otros que aguardan para ingresar en ella, pero ¿cuándo comenzará a funcionar la sociedad? ¿cuándo se pondrá en sus manos el manejo del bosque de la Unidad I? Las otras Unidades ya están en funcionamiento.

Alrededores

Estos son los dos grandes problemas de Ticoporo: el de las gentes que viven en la zona de reserva forestal y la formalización de la sociedad entre la Cooperativa Acofticoporo y el Estado.

La primera situación, de ocupación irregular e ilegal en la zona de reserva, viene a constituirse en el problema social más agudo que tiene Barinas. Allí hay grandes fundos y grandes intereses con una buena producción agrícola y pecuaria, pero…

¿Cuáles serían las soluciones? Muchos achacan a los políticos la actual situación y hubo quien declaró que “Se ha hecho mucha demagogia y con los recursos naturales renovables no se debe hacer demagogia”.

La solución está en manos del Gobierno Nacional.

Argenis Gutiérrez, en lo personal, me dio estas:

-Pagar de inmediato las bienhechurías a los campesinos que están dentro de la zona. Y pagarlos en un plazo de seis meses. Luego, adquirir algunas fincas que están dentro de las propias tierras del IAN –dos o tres fincas grandes-, con el fin de reubicar a los campesinos y constituirles empresas colectivas ganaderas e incorporarlos al desarrollo de la zona.

Y para finalizar añadió: “Y darle la Unidad I forestal a la Cooperativa con la finalidad de ir incorporando personal que vive dentro de la zona de reserva al trabajo activo de la empresa”.

-Debe regularizarse el sistema de tenencia, estableciendo fincas de un área mínima hasta un área máxima, con el fin de ir recuperando zonas que no están siendo desarrolladas por sujetos de la Reforma Agraria –que cáustico Orlando Peña-. El tiempo no resuelve los problemas agrarios; más bien, los agrava.

Y llegamos al final: Ticoporo es una zona rica, capaz de producir en los sectores agrícolas, pecuario y forestal, pero es un área-problema donde ha venido triunfando la anarquía. Todo está claro para entenderlo –leyéndolo-, pero ¿las soluciones? Podría preguntarse: ¿quién le pone el cascabel al gato?

Juan Manuel Polo, Venezuela insólita. Serie Roja. Entrevistas y Reportajes. Ediciones Centauro. 76. Caracas, Venezuela. 1976.

Carora: donde la naturaleza se opuso y la hicieron obedecer

Una carretera endiablada, con infinidad de cruces sembradas en sus orillas, traslada al viajero desde Barquisimeto a Carora. Una carretera para pasajeros deportistas. Una carretera con las mismas dificultades del año: 365 curvas.

Hoy hablan de una futura autopista para el mismo trayecto y se sabe en licitación el tramo comprendido entre El Rodeo-San Pablo, como posteriormente lo será para la distancia entre San Pablo y Puente Torres. Pero mientras esto se transforme y aquello ocurra, es excesiva la responsabilidad con que carga el andariego San Cristóbal por estos caminos.

En este recorrido, lo impresionante es el paisaje. Un paisaje de ocres, de tierra de piedras y de brillos cortos, tierra desmenuzada en sepulcros por las manos del agua, de la erosión, con sismas partidas como cauces para el aire, donde hasta el cardón –crecido entre cujíes y yabos- reclama al cielo con sus dedos.

Senda ancha de chivos donde el hombre –por hacer algo, por decir que vive- fabrica arpas y cuatros, muestra hamacas de hilo y chinchorros y se asoma en sus tarantines –sombras de sed- ofreciendo quesos en forma de taparitas o carnes de cabra.

Lara –camino de Carora- es osario del tiempo, campo hecho cantera, todo suelo empedrado para calvario de campesinos. Es un paisaje-pared para los lagartijos.

Llegar a Carora es abandonar una gigantesca maceta desheredada. Donde con razón decía aquel viejo torrense que “era preferible jugar dados, que ponerse a sembrar”. Porque allá no llueve.

Carora

A mí me encantan las ciudades donde aún abundan las bicicletas, porque no hay pelea con las distancias; me gusta ver en los comercios esos juegos de maletas color teja, que se las adivina encorsetadas con un mecate, sufridas, para el rústico viaje en el techo de un autobús manchado de barro. Son detalles que hacen legítima la vida en una capital rural.

Carora anda ahora por los 45.000 habitantes. Y aunque su perímetro es amplio, puede recurrirse a un servicio de microbuses que por un real trasladan al viajero a las direcciones más importantes.

En Carora se come bien y barato. Un menú muy caroreño son las caraotas fritas con huevo revuelto y ají, lomo prensado, suero y el queso de cabra. En mi hotel la cocinera hacia unos dulces de higos y lechoza envidiables.

Carora tiene fama de ciudad rica. Quizá por eso contrasta más al observar tanto niño pidiendo un medio o queriendo limpiar zapatos.

Lo más sobresaliente de la ciudad de Carora es la cantidad de plazas que tiene. Quizá sea un recurso para el clima, pero es algo que se agradece.

Y si debo de ser sincero, aparte del paisaje, lo que más me impresionó de Carora es el carácter de los caroreños –regionalistas como para merecer pasaporte aparte- y su religiosidad, cosa que comentaremos oportunamente.

Carora es una ciudad pujante. Económicamente dicen que está en plena bonanza. Si hay desempleo piensan en los recursos humanos que van a ser necesarios para su reconstrucción, en los trabajos que van a surgir en las carreteras que ya se han decretado y por su fuera poco, cuentan con la instalación de dos centrales azucareros; el Central Carora y el Central Piedemonte. Su ganadería, su agricultura y su comercio dan base para una mayor prosperidad.

La belleza de Carora está en sus casas coloniales que hacen de algunos rincones auténticos museos.

 

Historia y leyendas

La Casa del Balcón o el Balcón de los Alvarez –donde mataron al indio Reyes Vargas y donde moró unos días el Libertador-, junto a la iglesia San Juan, en la Plaza Bolívar, es la casa del doctor Pablo Alvarez Yepez. Si la casa es impresionante –con sus techos altos, sus alacenas y herrajes, paredes gruesas, etc.- no lo son menos la memoria y cultura de su dueño.

-Los hombres de mi edad aprendimos en la escuela que Carora fue fundada por Juan de Salamanca. Y esto fue así hasta que por investigaciones del doctor Ambrosio Perera –hoy embajador de nuestro país en Costa Rica- vino a descubrirse en el Archivo de Indias de Sevilla que aquello era falso: Carora fue fundada en 1569 por Juan Trejo y repoblada por Juan de Salamanca en 1572.

Los primitivos habitantes de la región fueron los arawacos –“comarca de recios y finos arawacos” que cantó Alí Lameda-, dóciles, que pastoreaban por unas tierras hostiles para la agricultura. Los españoles debieron encontrar con ellos el paraíso cuando a distancia de pedrada tenían a los temibles jirajaras.

-Aquí lo que manda es el cardón, la tuna, el dato, que produce una fruta redonda, roja, y la que se abre como una breva es la lefárica. Nuestra vegetación es xerófila. Hay que adentrarse un poco para sentir el cambio del paisaje y al admirar las haciendas ver la otra personalidad de la región… -dice el doctor Alvarez Yepez.

Lo áspero hecho huellas, secreto de sombras.

Y hablando del río Morere, dijo:

-Está formado por dos ríos que se unen en el Puente de la Miel. Antiguamente se conocía al Morere con el nombre de San Juan de la Auyamas. Es muy plácido durante la mayor parte del año, pero cuando crece y se encrespa produce grandes inundaciones. El río también se llamó de Las Animas, probablemente por mala interpretación del lenguaje arawaco y el mismo Morere es un nombre indígena ya españolizado.

Las mayores inundaciones que se recuerdan fueron el año 1893, que destruyó las casas de la calle Falcón; en 1916 que derrumbó el templo de La Cruz –aunque las gentes llaman desde entonces a sus ruinas de la Divina Pastora, en 1937 que llegaron las aguas hasta la misma Plaza Bolívar, y la más desastrosa y que seguimos sufriendo, la del pasado mes de noviembre.

Entre las leyendas de Carora destaca la del diablo cuando los días de la Compañía Guipuzcoana. Tanto es así, que el diablo juega un papel importante en las festividades anuales de la ciudad. Por demasiado conocida no la reproducimos.

Pero don Pablo Alvarez Yepez nos recuerda otras y entre ellas la del fraile Aguinagalde:

-Aquí existió un convento capuchino –que lo tumbó el río cuando destruyó la calle Falcón- y ahí estaba un señor al que se conocía por el fraile Aguinagalde –Ildefonso Aguinagalde-. Un monje que manejaba el latín como manejaba el español. Era un liberal auténtico y se enfrentó a los godos de Carora. Se cuenta que el fraile fue desterrado; lo sacaron jinete de una borrica, montado al revés, mirando lo que dejaba atrás. Se dice que cuando llegó al límite del distrito se sacudió las sandalias y echó la célebre maldición: “Malditos sean los godos hasta la quinta generación”. Y todo lo que ha pasado aquí desde entonces lo achacan a la maldición del fraile. Todavía cuando la última catástrofe se dijo: “El último repapazo de la maldición del fraile”. Porque la maldición está vigente hasta nosotros.

También se cuenta que este fraile –ya en Caracas- seguía con tenacidad en sus ideas y en su malversión a los godos y que cuando tenía que hacer los oficios con el hisopo frente a un cadáver procuraba preguntar sobre las ideas del difunto y si le informaban que era conservador dicen que murmuraba “agua bendita perdida: alma de godo no se salva”.

 

Reconstrucción

Hoy aún da pena contemplar la zona devastada de Carora. Sus ruinas.

El Ejecutivo Nacional en Consejo de Ministros acordó la creación de un fondo de crédito de 20 millones de bolívares para los damnificados por la inundación del río Morere en noviembre del año pasado. La Junta Pro-reconstrucción de la ciudad está hoy optimista y sigue trabajando para llevar a buen fin todo. El señor Miguel María González la preside. Hoy aspiran a ser también una Comisión Consultiva del Banco Obrero para administrar los créditos.

-¿Ustedes creen que el actual dique protegerá de nuevas catástrofes a la ciudad?

-Nosotros –como el MOP (Ministerio de Obras Públicas)- pensamos que sí. El trabajo que se le hizo al dique está bien hecho.

El monto estimado de los damnificados en la ciudad de Carora es de ocho millones de bolívares. Después hay que añadir la reconstrucción de calles, red de cloacas, servicios eléctricos, jardines, etcétera. No hay tiempo previsto para realizar estas labores ni se puede conocer la demora que sufrirán los créditos en algunos casos.

Esta Junta Pro-reconstrucción va a velar en todo lo que se refiere a obras en la ciudad, pero ¿y los campesinos?

-El Banco Agrícola y Pecuario o los organismos competentes tienen que considerar prioritario la ayuda económica a los campesinos que ya está establecida de hecho. Faltaría solamente hacer la instrumentación necesaria…

Porque nadie debe de olvidar que los campesinos afectados por ese siniestro lo perdieron todo: casas, chivos, cosechas y los almácigos. Se ha iniciado la reparación de los caminos vecinales dañados, pero falta solucionar aquel importante renglón humano.

 

Ganadería

En ciento ochenta mil se calcula el número de cabezas de ganado que tiene la región de Carora y el número de fincas en mil. En la Sociedad Regional de Ganaderos de Occidente están asociados cerca de cuatrocientos, ya que algunos ganaderos son dueños de más de una finca. De las cifras de reses, alrededor de diez mil cabezas son del tipo Carora, ganado éste que tiende a desaparecer, a pesar de su prestigio –premios, reconocimiento internacional, seis mil kilos de lactancia en un año, record de una vaca, etc-, porque en las fincas planas donde hoy se desarrollan –fincas situadas en Lara-Zulia y en la Trasandina- van a instalarse los centrales azucareros y en terrenos que sobrepasan los seiscientos metros de altitud abunda el gusano de monte que sólo lo soporta bien el ganado cebuino-lechero –denominado local- para esa producción asombrosa de ciento cincuenta mil diarios  que se recogen en el Distrito Torres.

Hablamos con el señor Oswaldo Alvarez Herrera, presidente de esta Sociedad de Ganaderos sobre el porvenir pecuario:

-Yo lo creo francamente muy bueno, porque veo que el hombre que trabaja, el hombre que vive del campo, tiene hoy perspectivas. Por primera vez en Venezuela un gobierno se ha percatado de la situación real por la que veníamos padeciendo.

El señor Alvarez Herrera añade que la imagen del ganadero rico, “morocotudo”, era falsa, pues se perdía en el negocio y nadie lo creía. Y que había un abandono total para el campo nacional.

-Este hombre habla nuestro mismo idioma –y se refiere al señor Presidente de la República-. Habla de silos y de precios. Y de esta forma las cosas deben de ir bien.

En Carora van a abrir ahora una sucursal del Banco de Desarrollo.

-Aquí nunca se había trabajado con plata del Gobierno. Todo provenía del capital privado… Y de los pocos créditos que se han dado aquí ni el Gobierno ni nadie ha perdido un cuartillo. Una de las razones de la fama de ricos que tenemos los ganaderos debe ser por la solvencia del compromiso, porque nosotros somos buenos pagadores. Nosotros somos unos grandes pagadores de intereses. Es lo que somos. Y como pagamos tan correctamente (la plata a su tiempo), esa es la fama que tenemos. Es más la fama por buenos pagadores que por la realidad de lo que hay…

Los ganaderos tienen optimismo con el nuevo titular del MAC. Pero reclaman mejor servicio de las medicaturas veterinarias. Añaden que la vacuna de la aftosa es guayoyo. Y reclaman silos, alimentos en épocas de abundancia para producir concentrados, la creación de fábricas de alimentos deshidratados … Pedir es fácil.

-Y no acordarse de Santa Bárbara cuando está lloviendo.

 

En la carraplana

El doctor Juan Martínez es el presidente de la Casa de la Cultura y tiene muchas cosas por decir:

-La Casa de la Cultura está huérfana. En diez años hemos hecho una modesta, pero importante labor. El día que nos inundamos, el Inciba nos quitó la partida que nos asignaba mensualmente. (Eran 2.000 Bs.). y como la cultura es la cenicienta en este país, esa partida o subvención no la hemos visto más. Y así nos van las cosas: debemos cinco meses de luz, debemos el agua y apenas si tenemos con qué pagarles a los empleados…

De milagro pueden pasar sus becas a los estudiantes de guitarra que estudian en la Escuela Superior de Música en Caracas y pasarle una pensión alimenticia a un valor del folklore nacional, don Pío Alvarado, quizás el más alto representante del tamunangue en el estado Lara.

Sostienen la escuela de artes plásticas y es de maravillarse la afición pictórica que existe en Carora. Y de igual manera que se habla de ilustres figuras caroreñas admiradas en todo el ámbito nacional –Alirio Díaz, Rodrigo Riera, doctor Pastor Oropeza, Luis Beltrán Guerrero, Guillermo Morón, Héctor Mujica… se dice hoy de un jovencito de solo quince años, Hilario Juárez, que predicen será un pintor de renombre al correr del tiempo.

De la habilidad de las manos del pueblo caroreño son muestra los dos cursos de cerámica que el INCE ha dado en aquella ciudad. Trabajosde artesanía que deberían contar con talleres y hornos propios para crear una acreditada industria local.

Carora necesita oficinas de pago del erario, pues es contraproducente que, tanto los empleados del SAS como los del Ministerio de Educación, tengan que desplazarse, quincenalmente, hasta Barquisimeto para cobrar sus haberes.

Los bomberos de Carora no tienen sede ni cuentan con un pequeño presupuesto. El Concejo Municipal –con un situado constitucional de 500.000 bolívares anuales- no tiene de dónde sacar una pequeña partida para esa institución. Hace poco se quemó la droguería de Antonio Herrera y el siniestro fue valorizado en un millón de bolívares. Lo lamentable es conocer que si los bomberos hubieran tenido cuatro metros más de manguera no habrían llegado a esas pérdidas el siniestro.

Otro problema de Carora es el agua. Afortunadamente parece que la represa Cuatricentenaria va a ser su solución. Pero dicen que hoy las tuberías no mandan agua, sino jugo de tamarindo.

 

Carácter y religiosidad

Carora tiene personalidad, características propias. No en balde es la segunda ciudad del estado Lara. “Y caroreño es caroreño donde esté”. Me lo decía don Pablo Alvarez Yepez, “hay un regionalismo sano. Un orgullo por llevar el gentilicio de caroreño…”. Lo que me dijo del cumplimiento comercial el señor Oswaldo Alvarez quedó anotado en su oportunidad. “Usted sabe -y se lo digo con orgullo- las firmas comerciales de Carora tienen en toda Venezuela un gran crédito. Casi siempre se trató de palabra y esta palabra fue y sigue siendo un documento…”.

¿Cómo es el caroreño? Alguien me dijo lo siguiente: “La gente es un poco tímida y un poco huraña. Cuando uno los conoce a fondo son gente seria y honesta, con un gran sentido del humor”.

Para estar mejor orientado me dirigí a un educador, el padre Juan Pérez Altuna, escolapio:

-Es emprendedor y tenaz. Ha tenido que luchar contra la naturaleza. Porque esas haciendas que hoy las vemos tan prósperas, antes eran unos matorrales, montaraces y afectador por las fiebres palúdicas… Sí; la historia olvida las cosas. Fueron hombres que se batieron contra la propia naturaleza. Conquistar esos terrenos incultos les hizo con su gran expíritu.

Hablar con el padre Juan Pérez Altuna es pasar revista a la historia y al querer de una región.

-¿Y de su religiosidad, padre, como la justifica?

-A mí también me ha llamado mucho la atención. Pero tanto o más que en Carora, la religiosidad que existe en todo el Distrito Torres. La justificación que le encuentro es que hubo en una época un convento de franciscanos en Carora y estos se desplazaban por todos los caseríos y despertaron la fe. En muchos de esos lugares no volvieron a ver más sacerdotes o frailes, pero siguen con su fe y hasta le “ponen el agua al niño” al nacer…

Carora es un pueblo que se lo debe todo a sí mismo. Ha crecido y es fuerte gracias a la iniciativa privada. Podría estar contándole al lector muchas más cosas, pues son cantidad las anotaciones que se me quedan en el tintero. No deseaba hacer una guía turística sino profundizar en otros análisis de todo cuanto capté hablando, viendo, viajando… ¿Lo habré conseguido? ¡Ojalá!

Juan Manuel Polo, Venezuela insólita. Serie Roja. Entrevistas y Reportajes. Ediciones Centauro. 76. Caracas, Venezuela. 1976.

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